jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
en las mañanas más bien me resulta un estorbo
constreñido por la malla ajustable de tejido sintético
de los calvin klein pirata que suelo usar
debajo de los bluyines wrangler una talla menor
que me pongo para presumir de paquete
y aumentar así las probabilidades de no ser rechazado destempladamente
cuando me aprieto como sin querer
contra el culo de las colegialas que invaden
el atestado pasillo del ruta 14 donde viajamos
yo, al puto edificio de especialidades médicas donde me pasaré las siguientes 10 horas
limpiando pisos y baños y echándole agua a los putos arbolitos de interior
y ellas a la jodida escuela
excepto cuando lo saco para mear
cada dos o tres horas, o rascarme por culpa
de la picadura de una liendre perdida o tal vez
por conato de alergia en los huevos producida por
el material de tercera con que está confeccionada la puta malla ajustable de tejido sintético
de los jodidos calvin klein made in china,
el resto de la jornada ni siquiera me acordaría de él
si no fuera porque uno de cada tres días
a la ex-furcia reciclada en secretaria de la sección de reumatología
le da por vestirse como se vestía en sus épocas de teivolera
y aparecer con una pinche putifalda entallada que si la veo por detrás
saca a mi amiguete de su letargo habitual
y lo hace ponerse más duro que una estalactita en el polo norte de plutón
(una comparación medio traída por los pelos, pero ya me da no sé qué
usar la del poste de teléfono y la del martillo de thor)
al caer la tarde -siempre que no sea sábado de quincena-
cuando me subo cansado y con el ánimo hundido
a otro cacharro con ruedas para volver al tugurio donde vivo
-y quizás anticipando ya la hora en que por fin
me quitaré la ropa y me quedaré en pelotas-
mi apéndice genital empieza a manifestarse mediante recurrentes palpitaciones
propiciadas por la dilatación vasocapilar de su cuerpo cavernoso
-derivada a su vez de la tensión por estrés acumulada en mi organismo
por las precedentes horas del asqueroso trajinar proletario
al que debo rebajarme para poder subsistir en este mundo de mierda-
recurrentes palpitaciones que son el preludio
de la pertinaz erección que desplegará una vez que me encuentre detrás
de la puerta cerrada de mi cuarto y en cueros;
a solas él y yo -un par de viejos putos
cuya fealdad y escasas habilidades sociales
los condena a depender del otro para satisfacerse-
nos encaminamos a vivir bajo el chorro caliente de la regadera
el momento álgido de otro puto día para el olvido
cuando después de formar espuma de jabón
llevo la mano en dirección a mi erecto compinche
y la cierro luego apretadamente en torno a su parte media
para ayudarlo a liberarse de la malsana furia contenida en sus entrañas
a base de una vigorosa serie de cortas sacudidas
cuyo lechoso desenlace no tarda en producirse
después de bañarme me sirvo un trago
y me tiro en el sillón ya sea para ver
alguna mierda de telenovela brasileña llena de nenas que no
tienen ni puta idea de actuación pero sí un buen pedazo de culo
-me cortaron sky por falta de pago y en la tv abierta
sólo pasan "atínale al precio", viejas telenovelas y "la hora de ganar"-
o bien quizás a retomar la lectura de la novelita policíaca de turno;
y sé que, a menos que alguna vieja amiga de mis años bohemios
se presente de improviso borracha y con ganas de que le metan una cogidita
-si bien me va, algo así sólo ocurre una vez al año-
él permanecerá ya sumido en un distante desinterés poscoital por el resto de la noche
y yo me emborracharé sin mayor contratiempo hasta terminar dormido
el carácter endogámico de nuestra relación
-ese patético vínculo homosexual en que recaemos una y otra vez-
alcanzaría tintes patológicos de no ser por
la inveterada costumbre que tengo, los sábados de quincena
de irme a bailar y tomar cerveza con las furcias del tijuana
y acabar en la madrugada con la más borracha de ellas
en la cama de un jodido cuarto del sayulita inn
un espíritu demencial parece posesionarse entonces
de ese vil homúnculo tuerto encadenado a mi entrepierna
incitándolo a renegar de la hermandad masturbatoria que nos une
-una alicia que buscara huir de su gris y monótono universo-
precipitandose rabioso y tumefacto por el oscuro agujero que conduce al país de las maravillas
.
constreñido por la malla ajustable de tejido sintético
de los calvin klein pirata que suelo usar
debajo de los bluyines wrangler una talla menor
que me pongo para presumir de paquete
y aumentar así las probabilidades de no ser rechazado destempladamente
cuando me aprieto como sin querer
contra el culo de las colegialas que invaden
el atestado pasillo del ruta 14 donde viajamos
yo, al puto edificio de especialidades médicas donde me pasaré las siguientes 10 horas
limpiando pisos y baños y echándole agua a los putos arbolitos de interior
y ellas a la jodida escuela
excepto cuando lo saco para mear
cada dos o tres horas, o rascarme por culpa
de la picadura de una liendre perdida o tal vez
por conato de alergia en los huevos producida por
el material de tercera con que está confeccionada la puta malla ajustable de tejido sintético
de los jodidos calvin klein made in china,
el resto de la jornada ni siquiera me acordaría de él
si no fuera porque uno de cada tres días
a la ex-furcia reciclada en secretaria de la sección de reumatología
le da por vestirse como se vestía en sus épocas de teivolera
y aparecer con una pinche putifalda entallada que si la veo por detrás
saca a mi amiguete de su letargo habitual
y lo hace ponerse más duro que una estalactita en el polo norte de plutón
(una comparación medio traída por los pelos, pero ya me da no sé qué
usar la del poste de teléfono y la del martillo de thor)
al caer la tarde -siempre que no sea sábado de quincena-
cuando me subo cansado y con el ánimo hundido
a otro cacharro con ruedas para volver al tugurio donde vivo
-y quizás anticipando ya la hora en que por fin
me quitaré la ropa y me quedaré en pelotas-
mi apéndice genital empieza a manifestarse mediante recurrentes palpitaciones
propiciadas por la dilatación vasocapilar de su cuerpo cavernoso
-derivada a su vez de la tensión por estrés acumulada en mi organismo
por las precedentes horas del asqueroso trajinar proletario
al que debo rebajarme para poder subsistir en este mundo de mierda-
recurrentes palpitaciones que son el preludio
de la pertinaz erección que desplegará una vez que me encuentre detrás
de la puerta cerrada de mi cuarto y en cueros;
a solas él y yo -un par de viejos putos
cuya fealdad y escasas habilidades sociales
los condena a depender del otro para satisfacerse-
nos encaminamos a vivir bajo el chorro caliente de la regadera
el momento álgido de otro puto día para el olvido
cuando después de formar espuma de jabón
llevo la mano en dirección a mi erecto compinche
y la cierro luego apretadamente en torno a su parte media
para ayudarlo a liberarse de la malsana furia contenida en sus entrañas
a base de una vigorosa serie de cortas sacudidas
cuyo lechoso desenlace no tarda en producirse
después de bañarme me sirvo un trago
y me tiro en el sillón ya sea para ver
alguna mierda de telenovela brasileña llena de nenas que no
tienen ni puta idea de actuación pero sí un buen pedazo de culo
-me cortaron sky por falta de pago y en la tv abierta
sólo pasan "atínale al precio", viejas telenovelas y "la hora de ganar"-
o bien quizás a retomar la lectura de la novelita policíaca de turno;
y sé que, a menos que alguna vieja amiga de mis años bohemios
se presente de improviso borracha y con ganas de que le metan una cogidita
-si bien me va, algo así sólo ocurre una vez al año-
él permanecerá ya sumido en un distante desinterés poscoital por el resto de la noche
y yo me emborracharé sin mayor contratiempo hasta terminar dormido
el carácter endogámico de nuestra relación
-ese patético vínculo homosexual en que recaemos una y otra vez-
alcanzaría tintes patológicos de no ser por
la inveterada costumbre que tengo, los sábados de quincena
de irme a bailar y tomar cerveza con las furcias del tijuana
y acabar en la madrugada con la más borracha de ellas
en la cama de un jodido cuarto del sayulita inn
un espíritu demencial parece posesionarse entonces
de ese vil homúnculo tuerto encadenado a mi entrepierna
incitándolo a renegar de la hermandad masturbatoria que nos une
-una alicia que buscara huir de su gris y monótono universo-
precipitandose rabioso y tumefacto por el oscuro agujero que conduce al país de las maravillas
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