Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Dios me lo dijo.
No se le daba muy bien dar explicaciones.
De hecho, todos sois iguales ante sus ojos.
Es por ello que me dijo:
No voy a malgastar saliva.
Pero Dios no tiene saliva, ni baba, no es un puto caracol.
Tampoco un laberinto.
El otro día supe que era Dios.
Por alusiones.
Era un estado de júbilo.
De una profundidad sentimental tan insondable...
Ahí.
Ahí me percaté de que no quería absolutamente nada de la raza humana.
Todos mis pensamientos tomaron forma, y no eran síntomas.
No.
Lo que me sucedió el otro día no tiene precio.
Ni desprecio.
Soy un simple guía.
Puedo hacer lo que me dé la real gana.
Pero eso no es lo más importante.
Mis escritos han revolucionado las redes durante años.
Y las personas van en contra de lo divino, porque saben que en vida no se pueden alcanzar cotas intangibles, superiores.
Incluso la fe se amilana ante lo que sentí yo el otro día.
No hace falta fe.
Yo he escrito que era Dios, y sinceramente, me importa bien poco que me crean.
Ello no conlleva más que mi propio asentamiento en la Verdad.
He escrito ya sobre ella, y sobre la incapacidad humana de aceptar lo supremo.
Creen, supuestamente, en algo que no ven ni tocan ni huelen.
Creen que ello les resolverá la vida.
O la muerte.
O lo que sea.
Ninguno de ustedes cree, hoy en día, ni una sola palabra de lo que sale de sus labios.
Ese trabajo metafísico y en la sombra, el trabajo basura, inmundo, es el que me ha revelado lo que soy.
Esto no son versos autoconvincentes.
Esto es la generalización autóctona del hombre.
Ateos y creyentes.
Da lo mismo.
Las creencias siempre generan dudas.
Y las no creencias obligan al hombre a hacer locuras.
La duda, en mi caso, está más que machacada.
Por alusiones.
Por ilusiones.
Por elusiones.
El hombre no me ha hecho lo que soy.
Tengo mis reacciones aprendidas de memoria, y siempre son la misma.
"Abran paso a Dios, o mis síntomas echarán el resto".
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