musador
esperando...
Su gluglutear matutino
en la tiniebla del alba
me despierta
y su chillido estentóreo
con la coraza del sueño
me subleva.
Un solo instante de furia
se extingue cuando el amor
las recuerda
y así atrapado en el día
salgo a palpar el rocío
en la hierba.
Esa primera sonrisa
le debo de mis mañanas
a la ciencia
que me ha enseñado a vivir
dejando que me penetre
su belleza.
Las miro cruzar el río
en vuelo corto y planeado
como flechas
zambulléndose en la fronda
donde apenas adivino
sombras negras.
Si pasean por el césped
picoteando su sustento
con paciencia,
festejan la libertad
que por desgracia han perdido
sus parientas.
¡Cuánto le debo a mis aves!:
son madres de mi alborada,
de mi fiesta,
de mi sonrisa de niño,
de la lágrima que nutre
mi poema.
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