Sombras que se alargan

El Poeta del Asfalto

Poeta adicto al portal
Callejón de al lado de la estación
Paredón-orinal
Gente diversa
Sin futuro
sin baño
sin horizonte ninguno.


Familias enteras sin garantía para alquilar
Pibes sin nombre,
recordados raramente,
nunca acabados de olvidar.
Ambulatorios del loquero.
Gente sin estudios.
Desempleados crónicos.
Gente con ligeras taras, incomprendidos,
no aptos para la competencia feroz,
buscando ser amados
y a quien amar.
Ebrios olvidados del respeto por la propiedad
cada tanto encarcelados y sueltos.


Seres nacidos desnudos,
Curiosos,
necesitados de caricias,
como vos o yo,
que van construyéndose en monstruos
a metros del glamour y las luces.


Esquina salvaje del callejón sin salida
Alcohol, heridas.
Heridas y alcohol.
Una y otra vez, repetidas,
cada tarde,
cada noche.

La ciudad asfixia
la patrulla pasa
los impuestos se pagan,
la deuda con la banca crece.

Nadie comprende a nadie,
nadie te abraza.
Y una vez más:
Todo, como si nada pasa.
Como pasan semanas,
vidas enteras, pasan.


Esquina del callejón.
Todos miran y se van
lo más lejos que pueden

Día menos o más,
según se vea.
Día para dejarte llevar o rescatarte.
Para agarrarte de un tronco,
de cualquier cosa que flote.
Para pedir ayuda
pero sin haber aprendido a hablar
el idioma complejo de este lugar.
Embrutecido,
sin saber pedir las cosas.


Pero es más fácil amoldarse,
callar,
mirar para otro lado.
Abrazar la debilidad,
dejarse caer,
aceptar el rol que se nos ha dado.
Hacerse cargo de nada.
Unas vez más.

¿Y qué?
¿Y qué?
¿Y qué?
Nadie sabe qué hacer.
Llega la noche.
Cada cual dormirá en lo más provisorio.
Con un ojo abierto, dormirá…
Porque se vacía el vidrio,
se acaba la dosis,
se pudre la mentalidad,
y la calma se rompe.

Alguien estalla.
Sirenas,
gritos
Puntapiés,
Varones,
mujeres,
criaturas,
golpeadas.
Huesos contra el capot del patrullero

El hijo que ve al padre como es llevado,
arrastrado.
Ciudad cloaca.
Alcantarilla de tiempos que se alargan
por la que todos vamos siendo tragados.
Agua contaminada,
embudo maldito,
maldito,
tres veces maldito.

Torbellino demasiado grande como para ver que gira,
que nos traga,
vivos,
inacabados,
ignorantes.


El hijo que ve al padre
El padre que vio al padre
que también vió al suyo...
Cuarta generación de desempleados
Marginados.

Aislados en la jungla de cemento.
Sin interlocutores válidos
sin saber pedir las cosas.
Drogados,
ebrios.
Bombardeados de propagandas y prejuicios.
Embrutecidos.
Sin valorar su vida
ni la de otros.


Son como pequeñas bombas
siempre a punto de estallar,
excusa para vender rejas y alarmas.
O seguridad privada
en esta abundancia mal repartida.


Son pequeños verdugos,
van atormentando a quienes dicen amar.
perpetuando el castigo.
Bendecidos por el sin sentido.
Contenidos a calabozo y palo
en el mundo de las neurociencias,
en pleno siglo XXI,
a metros del glamour y las luces.


Y ahí va,
sin escudo,
sin armadura.
Quijote urbano.
Enloquecido, si,
pero sin honor.
Sin Sancho,
sin dulcinea,
con adicciones,
pero sin dinero.

Su mancha son los vicios inculcados desde la niñez.
El molino contra el que carga
es la próxima dosis.

Grita como un poseso.
Lo sujetan entre varios
Su nariz contra el capot del patrullero.
Le separan las piernas,
lo esposan.
Varios miran curiosos,
como si estuviesen rodando una serie.

Espejismo de opulencia.
Realidad virtual.
Ciudad cloaca.
Callejón junto a la estación.

Da igual que te asombres o no.
Esto sucede todo el tiempo aquí

a metros del glamour y las luces.



 
Durísimo encuentro con las calles. Un urbano que acongoja por su realismo.
Paso a paso nos muestra la cruda realidad de tantas ciudades o contrastes que se viven en ciudades.

Excelente trabajo. Muchas felicidades por la obra.

Saludos,

Palmira
 
Última edición:
Callejón de al lado de la estación
Paredón-orinal
Gente diversa
Sin futuro
sin baño
sin horizonte ninguno.


Familias enteras sin garantía para alquilar
Pibes sin nombre,
recordados raramente,
nunca acabados de olvidar.
Ambulatorios del loquero.
Gente sin estudios.
Desempleados crónicos.
Gente con ligeras taras, incomprendidos,
no aptos para la competencia feroz,
buscando ser amados
y a quien amar.
Ebrios olvidados del respeto por la propiedad
cada tanto encarcelados y sueltos.


Seres nacidos desnudos,
Curiosos,
necesitados de caricias,
como vos o yo,
que van construyéndose en monstruos
a metros del glamour y las luces.


Esquina salvaje del callejón sin salida
Alcohol, heridas.
Heridas y alcohol.
Una y otra vez, repetidas,
cada tarde,
cada noche.

La ciudad asfixia
la patrulla pasa
los impuestos se pagan,
la deuda con la banca crece.

Nadie comprende a nadie,
nadie te abraza.
Y una vez más:
Todo, como si nada pasa.
Como pasan semanas,
vidas enteras, pasan.


Esquina del callejón.
Todos miran y se van
lo más lejos que pueden

Día menos o más,
según se vea.
Día para dejarte llevar o rescatarte.
Para agarrarte de un tronco,
de cualquier cosa que flote.
Para pedir ayuda
pero sin haber aprendido a hablar
el idioma complejo de este lugar.
Embrutecido,
sin saber pedir las cosas.


Pero es más fácil amoldarse,
callar,
mirar para otro lado.
Abrazar la debilidad,
dejarse caer,
aceptar el rol que se nos ha dado.
Hacerse cargo de nada.
Unas vez más.

¿Y qué?
¿Y qué?
¿Y qué?
Nadie sabe qué hacer.
Llega la noche.
Cada cual dormirá en lo más provisorio.
Con un ojo abierto, dormirá…
Porque se vacía el vidrio,
se acaba la dosis,
se pudre la mentalidad,
y la calma se rompe.

Alguien estalla.
Sirenas,
gritos
Puntapiés,
Varones,
mujeres,
criaturas,
golpeadas.
Huesos contra el capot del patrullero

El hijo que ve al padre como es llevado,
arrastrado.
Ciudad cloaca.
Alcantarilla de tiempos que se alargan
por la que todos vamos siendo tragados.
Agua contaminada,
embudo maldito,
maldito,
tres veces maldito.

Torbellino demasiado grande como para ver que gira,
que nos traga,
vivos,
inacabados,
ignorantes.


El hijo que ve al padre
El padre que vio al padre
que también vió al suyo...
Cuarta generación de desempleados
Marginados.

Aislados en la jungla de cemento.
Sin interlocutores válidos
sin saber pedir las cosas.
Drogados,
ebrios.
Bombardeados de propagandas y prejuicios.
Embrutecidos.
Sin valorar su vida
ni la de otros.


Son como pequeñas bombas
siempre a punto de estallar,
excusa para vender rejas y alarmas.
O seguridad privada
en esta abundancia mal repartida.


Son pequeños verdugos,
van atormentando a quienes dicen amar.
perpetuando el castigo.
Bendecidos por el sin sentido.
Contenidos a calabozo y palo
en el mundo de las neurociencias,
en pleno siglo XXI,
a metros del glamour y las luces.


Y ahí va,
sin escudo,
sin armadura.
Quijote urbano.
Enloquecido, si,
pero sin honor.
Sin Sancho,
sin dulcinea,
con adicciones,
pero sin dinero.

Su mancha son los vicios inculcados desde la niñez.
El molino contra el que carga
es la próxima dosis.

Grita como un poseso.
Lo sujetan entre varios
Su nariz contra el capot del patrullero.
Le separan las piernas,
lo esposan.
Varios miran curiosos,
como si estuviesen rodando una serie.

Espejismo de opulencia.
Realidad virtual.
Ciudad cloaca.
Callejón junto a la estación.

Da igual que te asombres o no.
Esto sucede todo el tiempo aquí

a metros del glamour y las luces.


Me ha gustado mucho, en toda su crudeza, y precisamente por eso.
Tan elocuente ese "y qué? Y qué ?y qué? desgarrador que repites como un eco.
Abrazos.
Jazmin Blanco
 
Callejón de al lado de la estación
Paredón-orinal
Gente diversa
Sin futuro
sin baño
sin horizonte ninguno.


Familias enteras sin garantía para alquilar
Pibes sin nombre,
recordados raramente,
nunca acabados de olvidar.
Ambulatorios del loquero.
Gente sin estudios.
Desempleados crónicos.
Gente con ligeras taras, incomprendidos,
no aptos para la competencia feroz,
buscando ser amados
y a quien amar.
Ebrios olvidados del respeto por la propiedad
cada tanto encarcelados y sueltos.


Seres nacidos desnudos,
Curiosos,
necesitados de caricias,
como vos o yo,
que van construyéndose en monstruos
a metros del glamour y las luces.


Esquina salvaje del callejón sin salida
Alcohol, heridas.
Heridas y alcohol.
Una y otra vez, repetidas,
cada tarde,
cada noche.

La ciudad asfixia
la patrulla pasa
los impuestos se pagan,
la deuda con la banca crece.

Nadie comprende a nadie,
nadie te abraza.
Y una vez más:
Todo, como si nada pasa.
Como pasan semanas,
vidas enteras, pasan.


Esquina del callejón.
Todos miran y se van
lo más lejos que pueden

Día menos o más,
según se vea.
Día para dejarte llevar o rescatarte.
Para agarrarte de un tronco,
de cualquier cosa que flote.
Para pedir ayuda
pero sin haber aprendido a hablar
el idioma complejo de este lugar.
Embrutecido,
sin saber pedir las cosas.


Pero es más fácil amoldarse,
callar,
mirar para otro lado.
Abrazar la debilidad,
dejarse caer,
aceptar el rol que se nos ha dado.
Hacerse cargo de nada.
Unas vez más.

¿Y qué?
¿Y qué?
¿Y qué?
Nadie sabe qué hacer.
Llega la noche.
Cada cual dormirá en lo más provisorio.
Con un ojo abierto, dormirá…
Porque se vacía el vidrio,
se acaba la dosis,
se pudre la mentalidad,
y la calma se rompe.

Alguien estalla.
Sirenas,
gritos
Puntapiés,
Varones,
mujeres,
criaturas,
golpeadas.
Huesos contra el capot del patrullero

El hijo que ve al padre como es llevado,
arrastrado.
Ciudad cloaca.
Alcantarilla de tiempos que se alargan
por la que todos vamos siendo tragados.
Agua contaminada,
embudo maldito,
maldito,
tres veces maldito.

Torbellino demasiado grande como para ver que gira,
que nos traga,
vivos,
inacabados,
ignorantes.


El hijo que ve al padre
El padre que vio al padre
que también vió al suyo...
Cuarta generación de desempleados
Marginados.

Aislados en la jungla de cemento.
Sin interlocutores válidos
sin saber pedir las cosas.
Drogados,
ebrios.
Bombardeados de propagandas y prejuicios.
Embrutecidos.
Sin valorar su vida
ni la de otros.


Son como pequeñas bombas
siempre a punto de estallar,
excusa para vender rejas y alarmas.
O seguridad privada
en esta abundancia mal repartida.


Son pequeños verdugos,
van atormentando a quienes dicen amar.
perpetuando el castigo.
Bendecidos por el sin sentido.
Contenidos a calabozo y palo
en el mundo de las neurociencias,
en pleno siglo XXI,
a metros del glamour y las luces.


Y ahí va,
sin escudo,
sin armadura.
Quijote urbano.
Enloquecido, si,
pero sin honor.
Sin Sancho,
sin dulcinea,
con adicciones,
pero sin dinero.

Su mancha son los vicios inculcados desde la niñez.
El molino contra el que carga
es la próxima dosis.

Grita como un poseso.
Lo sujetan entre varios
Su nariz contra el capot del patrullero.
Le separan las piernas,
lo esposan.
Varios miran curiosos,
como si estuviesen rodando una serie.

Espejismo de opulencia.
Realidad virtual.
Ciudad cloaca.
Callejón junto a la estación.

Da igual que te asombres o no.
Esto sucede todo el tiempo aquí

a metros del glamour y las luces.


Que quede constancia de que te leí, me fui por dinero, muacks
 
Encontré donde tenía anotada la clave del usuario...

Ahí te sello el papel de la constancia de pasar.
Creo que dan un subsidio a cambio del trauma que causa leerme.
Y si no lo dan...
tendrían que darlo, che...

Muack
Hombre pensé que te había olvidado de mi por lo del
Mundial y te habías quedado en Tokio o que se yo, lo bueno que volviste


Muá para vos también... olvidadizo
 

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