BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Había noches en que siempre
visitaba tus enormes palacios,
niño, niño enguantado. De luna
salvaje y madreselvas parciales.
Entre la bruma, nieblas de otoño
en sangre, niño, niño de dientes
de sable. Había noches, mientras
el cielo callaba, en que aparecían
rosáceas las nubes, los cuerpos
estremecidos, en que las tremendas
gargantas temían por el pavimento sucio,
los astros en desorden, niño, niño silencioso, callado.
En la mina, una esposa cogía tus manos
de bronce, niño, niño iracundo de tenue
alabastro. Ahora, canta a las minas,
a los tétricos espacios carbonizados,
a las teclas de la máquinas de las oficinas;
toca las fibras heladas de los inmensos cartapacios,
rechaza el crimen de los labios sin beso, desmemoriados.
Canta el peso angustioso de la tierra sobre tu cabello,
el erosionado ministerio de un cielo azul y despoblado,
de mentiras, ciego, de instantáneas dichosas, mudo.
Y recoge las semillas sobrantes de una luna sin ánimo.
©
visitaba tus enormes palacios,
niño, niño enguantado. De luna
salvaje y madreselvas parciales.
Entre la bruma, nieblas de otoño
en sangre, niño, niño de dientes
de sable. Había noches, mientras
el cielo callaba, en que aparecían
rosáceas las nubes, los cuerpos
estremecidos, en que las tremendas
gargantas temían por el pavimento sucio,
los astros en desorden, niño, niño silencioso, callado.
En la mina, una esposa cogía tus manos
de bronce, niño, niño iracundo de tenue
alabastro. Ahora, canta a las minas,
a los tétricos espacios carbonizados,
a las teclas de la máquinas de las oficinas;
toca las fibras heladas de los inmensos cartapacios,
rechaza el crimen de los labios sin beso, desmemoriados.
Canta el peso angustioso de la tierra sobre tu cabello,
el erosionado ministerio de un cielo azul y despoblado,
de mentiras, ciego, de instantáneas dichosas, mudo.
Y recoge las semillas sobrantes de una luna sin ánimo.
©