Apenas con un dardo
reclamando el poder que me confiere
ser demiurgo, creador de dioses y mares
he tratado de desmontar desde sus propias raíces
los árboles genealógicos de los hombres.
Pedí ayuda no obstante
a las nubes que con formas obscenas
-venus esteatopigias-
observaban curiosas desde los horizontes sin luz
como madres vagarosas
filtros celestiales de la pureza del mundo.
Lluvias y aves nocturnas
demolieron las pequeñas piedrecitas
que mi dardo producía
con la eternal paciencia del tallador de futuros
o de amores inconmensurables.
Así los cárdenos corazones
fructificaron en praderas ilimitadas
en las que antes sólo hielo y ventiscas se albergaban
y los fértiles vientres,
ah, los vientres y sus placentas blanquecinas…
Nacieron desde ellos
como espigas tras la tormenta
enanos y bellas ninfas
forjadores de máquinas para la guerra
y cálidos lechos para el amor
yo miraba entristecido...
Abatidas las vetustas catedrales
demolidos los palacios y sus ceremonias soberbias
quedaba sólo el orgullo del mar
mi hogar y mi principio
refugio de los alcaravanes expulsados del desierto
mis iguales y mis súbditos.
Sobre sus acantilados
se tendían las nuevas oraciones
los vestigios inocentes de las frágiles vestales
que me fueron inmoladas
en desagravio por las batallas perdidas.
Mi dardo ensangrentado y fértil
buscaba bellezas nuevas
las sinuosas armonías que se ocultan
sin los brillos que merecen
tras las constelaciones que mueren a causa de la entropía.
Buscaba esa mujer alígera portadora de la muerte
prostituída en calles portuarias
deambulado en madrugadas pendencieras
entregando sumisa a los marinos borrachos
la redención por ellos ignorada.
Quería inmolarla en un tálamo universal
y que su sangre feraz
regenerara el verdor que antes los hombres tuvieron
el espléndido verdor de la palabra poesía
vehículo ahora oscuro y trasnochado
que nos ha robado la Belleza.
Pero al encontrarla y contemplarla
en su prístina carnación de cuerpo puro
me oculté tras mi vergüenza
y dejé que los arroyos corrieran montaña abajo
sin sangres inútiles ni aves putrefactas.
La Belleza no había muerto.
Viva y gozosa se ofrecía junto al mar
como una luna bifronte con sus irisaciones de nácar
Los nacientes rayos de sol jugaban entre sus pechos
atrapando en sus cabellos los hipocampos genuinos.
El Hombre ya estaba en paz.
Ilust.: el Dolor de Tetis. Michael Koven
reclamando el poder que me confiere
ser demiurgo, creador de dioses y mares
he tratado de desmontar desde sus propias raíces
los árboles genealógicos de los hombres.
Pedí ayuda no obstante
a las nubes que con formas obscenas
-venus esteatopigias-
observaban curiosas desde los horizontes sin luz
como madres vagarosas
filtros celestiales de la pureza del mundo.
Lluvias y aves nocturnas
demolieron las pequeñas piedrecitas
que mi dardo producía
con la eternal paciencia del tallador de futuros
o de amores inconmensurables.
Así los cárdenos corazones
fructificaron en praderas ilimitadas
en las que antes sólo hielo y ventiscas se albergaban
y los fértiles vientres,
ah, los vientres y sus placentas blanquecinas…
Nacieron desde ellos
como espigas tras la tormenta
enanos y bellas ninfas
forjadores de máquinas para la guerra
y cálidos lechos para el amor
yo miraba entristecido...
Abatidas las vetustas catedrales
demolidos los palacios y sus ceremonias soberbias
quedaba sólo el orgullo del mar
mi hogar y mi principio
refugio de los alcaravanes expulsados del desierto
mis iguales y mis súbditos.
Sobre sus acantilados
se tendían las nuevas oraciones
los vestigios inocentes de las frágiles vestales
que me fueron inmoladas
en desagravio por las batallas perdidas.
Mi dardo ensangrentado y fértil
buscaba bellezas nuevas
las sinuosas armonías que se ocultan
sin los brillos que merecen
tras las constelaciones que mueren a causa de la entropía.
Buscaba esa mujer alígera portadora de la muerte
prostituída en calles portuarias
deambulado en madrugadas pendencieras
entregando sumisa a los marinos borrachos
la redención por ellos ignorada.
Quería inmolarla en un tálamo universal
y que su sangre feraz
regenerara el verdor que antes los hombres tuvieron
el espléndido verdor de la palabra poesía
vehículo ahora oscuro y trasnochado
que nos ha robado la Belleza.
Pero al encontrarla y contemplarla
en su prístina carnación de cuerpo puro
me oculté tras mi vergüenza
y dejé que los arroyos corrieran montaña abajo
sin sangres inútiles ni aves putrefactas.
La Belleza no había muerto.
Viva y gozosa se ofrecía junto al mar
como una luna bifronte con sus irisaciones de nácar
Los nacientes rayos de sol jugaban entre sus pechos
atrapando en sus cabellos los hipocampos genuinos.
El Hombre ya estaba en paz.
Ilust.: el Dolor de Tetis. Michael Koven
Última edición: