Las olas se superponen en coitos irremediables.
Sus bramidos abarcan todo el espectro sonoro
anulando los acordes de las canoras flautas de Pan
Las rocas se estremecen y lloran silenciosas.
Sangran los genocidios perpetrados en las frondas rumorosas
Sangran con el ímpetu tumultuoso de una tierra desfondada
como los agrios lamentos de las hienas que me acechan
Son noches de blanco esplendor, la luna sobre el desierto.
Amanecido entre escaques que me retan, ilusorios,
emprendo huídas sin norte buscando los océanos incendiados
donde los pecios ya sin esperanza confían como humanos su rescate
Los delfines se agrupan como un dolor atenuado por las olas.
Miro desconfiado entre los naipes que juegan con los hombres
Las ruinas del viejo palacio recuerdan aquellas noches de juego bajo las lámparas
con las cocottes vestidas con esplendores caducos de viejas sin lupanar
y los atildados caballeros esperando sus caballos con los palafreneros a juego.
Noches de azul veneciano rizadas en los lienzos del Tiépolo
esplendorosas como casacas del Cáucaso o alfanjes de Alejandría.
Sobre el rumor de las caracolas vencidas los esquifes traen bellos nubios
y danzarinas gaditanas rescatadas de una muerte equivocada.
Será la grandiosa madrugada en la que venas jubilosas se abran como canales
para renovar la sangre añeja cambiándola por licores color ámbar.
Los triclinios de las cenas suntuosas se cubrirán de rasos y de promesas de amor eterno
mentidas por los ligeros cervatillos disfrazados de arlequines.
Será la danza sin fin de quienes van al cadalso.
Será un apocalipsis como nunca se habrá visto.
Saquen señores su entrada.
Ya no queda mucho sitio.
Ilust.: La metamorfosis de los amantes. André Masson. 1938
Sus bramidos abarcan todo el espectro sonoro
anulando los acordes de las canoras flautas de Pan
Las rocas se estremecen y lloran silenciosas.
Sangran los genocidios perpetrados en las frondas rumorosas
Sangran con el ímpetu tumultuoso de una tierra desfondada
como los agrios lamentos de las hienas que me acechan
Son noches de blanco esplendor, la luna sobre el desierto.
Amanecido entre escaques que me retan, ilusorios,
emprendo huídas sin norte buscando los océanos incendiados
donde los pecios ya sin esperanza confían como humanos su rescate
Los delfines se agrupan como un dolor atenuado por las olas.
Miro desconfiado entre los naipes que juegan con los hombres
Las ruinas del viejo palacio recuerdan aquellas noches de juego bajo las lámparas
con las cocottes vestidas con esplendores caducos de viejas sin lupanar
y los atildados caballeros esperando sus caballos con los palafreneros a juego.
Noches de azul veneciano rizadas en los lienzos del Tiépolo
esplendorosas como casacas del Cáucaso o alfanjes de Alejandría.
Sobre el rumor de las caracolas vencidas los esquifes traen bellos nubios
y danzarinas gaditanas rescatadas de una muerte equivocada.
Será la grandiosa madrugada en la que venas jubilosas se abran como canales
para renovar la sangre añeja cambiándola por licores color ámbar.
Los triclinios de las cenas suntuosas se cubrirán de rasos y de promesas de amor eterno
mentidas por los ligeros cervatillos disfrazados de arlequines.
Será la danza sin fin de quienes van al cadalso.
Será un apocalipsis como nunca se habrá visto.
Saquen señores su entrada.
Ya no queda mucho sitio.
Ilust.: La metamorfosis de los amantes. André Masson. 1938