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EL Círculo de la luz oscura. (Desde mi tabuco.)

Pessoa

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Después de leer a Sábato, la ceguera adquiere un valor casi onírico. Onírico aquí debe de interpretarse como un vocablo de la misma raíz que oneroso. En las noches en que finalmente quedo solo en mi cuartucho, espantadas ya las mariposas y bien cebados los ratones, me vigilo durante la vigilia hasta que el sueño invade mis playas desprotegidas de amantes ocasionales. Madrugada casi.

Casualmente, en mis búsquedas por alcantarillas y centros de documentación, encontré un reflector o foco del que manaba la luz oscura. Lo coloqué sobre la estantería junto a mi dodecaedro y mis apuntes de música electrónica y es compañero inseparable desde entonces, junto a las ocasionales amantes, de mis vigilias nocturnas.

La luz oscura, el prodigio de la luz oscura, que transporta a quien lo contempla a las profundidades de la ceguera. Y con él a los viajes subterráneos por sótanos enclaustrados, alcantarillas, madrigueras y campaniles enterrados, la cara oculta de la arquitectura renacentista. Con la visión de la luz oscura el vidente se introduce en lo más profundo de la surrealidad (sub-realidad, realidad no emergida, subyacente, que sólo a los ángeles caídos y a los ciegos le es dado contemplar.)

Viajando con él o desde él (me refiero al chorro de luz oscura que brotaba desde mi foco de almoneda), recorrí los sótanos de las sotanas, es decir, aquellos donde Gide sitúa a sus monederos falsos, los de El Vaticano, vaticinio de negrores que son luz a la luz oscura de la ceguera. Viajé bajo los tejados que guardan misterios nauseabundos de crímenes y vejaciones. Pero que con la claridad irreal de la luz oscura se transfiguran en excelsos cuadros representando escenas de la resistencia de Numancia o la realidad nocturna de las vítreas vitrinas de los pasajes de París, con sus maniquíes gloriosos que, sólo para mí, danzaban sobre puntas o jugaban a la decapitación de María Antonieta, aquella prócer de la pâtisserie que a veces solía acompañarme en mis insomnios. Bellos maniquíes ya obsoletos que sólo en mis sueños habitan, dulces compañeros de mis infidelidades a la burda realidad.

En mi pequeño tabuco ¿quien podría imaginar que se producen tales prodigios y, sin embargo, como
un demiurgo oscuro y gris, con mi pequeño foco, sol de mis noches, transmuto el humo danzante que el humo de mis cigarros, recrea en su haz, en iluminaciones voluptuosas o transformaciones casi alquímicas de las que nacen Galateas (que Pygmalión me perdone) o ratones enjaezados para llevarme, en fantástica carroza, hasta la fuente del alba?

El círculo de mi luz oscura, mi aura que anubla otros auras, la hostia de la que nace mi nocturna epifanía. La luz de la clarísima visión de los ciegos.

 
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Después de leer a Sábato, la ceguera adquiere un valor casi onírico. Onírico aquí debe de interpretarse como un vocablo de la misma raíz que oneroso. En las noches en que finalmente quedo solo en mi cuartucho, espantadas ya las mariposas y bien cebados los ratones, me vigilo durante la vigilia hasta que el sueño invade mis playas desprotegidas de amantes ocasionales. Madrugada casi.

Casualmente, en mis búsquedas por alcantarillas y centros de documentación, encontré un reflector o foco del que manaba la luz oscura. Lo coloqué sobre la estantería junto a mi dodecaedro y mis apuntes de música electrónica y es compañero inseparable desde entonces, junto a las ocasionales amantes, de mis vigilias nocturnas.

La luz oscura, el prodigio de la luz oscura, que transporta a quien lo contempla a las profundidades de la ceguera. Y con él a los viajes subterráneos por sótanos enclaustrados, alcantarillas, madrigueras y campaniles enterrados, la cara oculta de la arquitectura renacentista. Con la visión de la luz oscura el vidente se introduce en lo más profundo de la surrealidad (sub-realidad, realidad no emergida, subyacente, que sólo a los ángeles caídos y a los ciegos le es dado contemplar.)

Viajando con él o desde él (me refiero al chorro de luz oscura que brotaba desde mi foco de almoneda), recorrí los sótanos de las sotanas, es decir, aquellos donde Gide sitúa a sus monederos falsos, los de El Vaticano, vaticinio de negrores que son luz a la luz oscura de la ceguera. Viajé bajo los tejados que guardan misterios nauseabundos de crímenes y vejaciones. Pero que con la claridad irreal de la luz oscura se transfiguran en excelsos cuadros representando escenas de la resistencia de Numancia o la realidad nocturna de las vítreas vitrinas de los pasajes de París, con sus maniquíes gloriosos que, sólo para mí, danzaban sobre puntas o jugaban a la decapitación de María Antonieta, aquella prócer de la pâtisserie que a veces solía acompañarme en mis insomnios. Bellos maniquíes ya obsoletos que sólo en mis sueños habitan, dulces compañeros de mis infidelidades a la burda realidad.

En mi pequeño tabuco ¿quien podría imaginar que se producen tales prodigios y, sin embargo, como
un demiurgo oscuro y gris, con mi pequeño foco, sol de mis noches, transmuto el humo danzante que el humo de mis cigarros, recrea en su haz, en iluminaciones voluptuosas o transformaciones casi alquímicas de las que nacen Galateas (que Pygmalión me perdone) o ratones enjaezados para llevarme, en fantástica carroza, hasta la fuente del alba?

El círculo de mi luz oscura, mi aura que anubla otros auras, la hostia de la que nace mi nocturna epifanía. La luz de la clarísima visión de los ciegos.
Esa luz oscura, puede ser intimidad para que las iluminaciones recreen
esas tranformaciones de sueños. lo absorto como si fueran instantes en
una religiosidad intima. fabuloso. siempre saludos de luzyabsenta
 

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