El Hombre del pañuelo
Poeta recién llegado
00:14 viernes en el metro
En el vagón hay 7 clones de 19 años con botellas, hoy cae alguna.
Apartado sin llamar la atención, un hombre con complejos dice “hoy he pensado en ti” a través de un teléfono.
¿Qué es grande y que es pequeño?
¿Qué mide lo triunfos?
La idea se clava en mi cabeza,
¿Donde nos lleva este mundo sin frenos?
Y entonces, surge el siguiente pensamiento:
¿Qué ves cuando miras?
¿Es lo que ves lo que quieres mirar?
Hemos sido programados a un derribo por virtudes,
a una marginación por defectos,
a unos complejos aleatorios según una estética infundamentada.
Vemos la grandeza en algo vacío,
en un envoltorio que promete,
que nos desea sin llegar a querernos,
que nos muestra y no nos demuestra.
Perdemos el valor del infinito,
buscando la eternidad sobre centímetros de piel,
mirando más en lo demográfico que en lo humano,
midiendo los corazones por sangre y no por pasiones,
midiendo el cerebro por neuronas y no por sueños.
Vendemos la identidad por comprar inclusión,
y guardamos la personalidad porque no es lo que vende.
Nos socializamos por sentirnos parte de algo,
y bebemos para socializarnos,
pero al beber nos perdemos a nosotros mismos,
y ya no somos
y ya no nos socializamos.
La victoria será saltar al abismo con un alma herida,
jugar al amor entre confusión, alcohol y la noche,
olvidando las cicatrices que hacen las huellas que debían ser eternas,
moldeando con nuestras manos las salidas de un corazón acomplejado.
En el vagón hay 7 clones de 19 años con botellas, hoy cae alguna.
Apartado sin llamar la atención, un hombre con complejos dice “hoy he pensado en ti” a través de un teléfono.
¿Qué es grande y que es pequeño?
¿Qué mide lo triunfos?
La idea se clava en mi cabeza,
¿Donde nos lleva este mundo sin frenos?
Y entonces, surge el siguiente pensamiento:
¿Qué ves cuando miras?
¿Es lo que ves lo que quieres mirar?
Hemos sido programados a un derribo por virtudes,
a una marginación por defectos,
a unos complejos aleatorios según una estética infundamentada.
Vemos la grandeza en algo vacío,
en un envoltorio que promete,
que nos desea sin llegar a querernos,
que nos muestra y no nos demuestra.
Perdemos el valor del infinito,
buscando la eternidad sobre centímetros de piel,
mirando más en lo demográfico que en lo humano,
midiendo los corazones por sangre y no por pasiones,
midiendo el cerebro por neuronas y no por sueños.
Vendemos la identidad por comprar inclusión,
y guardamos la personalidad porque no es lo que vende.
Nos socializamos por sentirnos parte de algo,
y bebemos para socializarnos,
pero al beber nos perdemos a nosotros mismos,
y ya no somos
y ya no nos socializamos.
La victoria será saltar al abismo con un alma herida,
jugar al amor entre confusión, alcohol y la noche,
olvidando las cicatrices que hacen las huellas que debían ser eternas,
moldeando con nuestras manos las salidas de un corazón acomplejado.