(Meditación ante esa turba irreverente de cuerpos sudorosos que invaden calles y plazas de la ciudad medieval)
Desgranado florilegio
de camafeos y fotografías en sepia
desde las elevadas torres ondean multicolores
aquellos banderines que un día fueron victoriosos
Los vencejos corean con sus agudos clarines
la marcha triunfal de los caballeros
poseedores por derecho de pernada
de las más sumisas doncellas
Mientras en el recóndito cenobio
los caleidoscopios iniciáticos de la tarde
dejan su rastro de sangre
entre las devociones apenas elevadas
Son mis heraldos preferidos
los de las decadentes jornadas junto a los álamos temblorosos
tus manos apenas llagadas
reposan entre las mías de fuertes guantes de acero
Son las aves de la tarde
las que convocan a muerto tras los vientos atronadores
son los jóvenes adalides que quedaron allí colgados
entre cipreses augustos como inercias de vida nonata
Se gestan músculos nuevos
aproximaciones heroicas a aquellos cantares de los antiguos juglares
los rayos de un sol mortecino maculan los eriales
los lagartos se enderezan arrogantes sabiéndose sucesores de las glorias
Imaginarias las músicas que preludian turbios silencios
recorren las hojas perecederas que apenas sobreviven tras el viento
las vírgenes y las ruinas de un imperio
son apenas los reclamos que reúnen latidos y sudores
Cantad, cantad forasteros, las grandezas de la ciudad muerta
Que tiemblen vuestros corazones de ónice
y de vuestros párpados nazcan elegías o cartas postales
los florilegios pasados han de continuar en vosotros.
Ilust.: Jacek Yerka. “Ciudad en el viento.”
Desgranado florilegio
de camafeos y fotografías en sepia
desde las elevadas torres ondean multicolores
aquellos banderines que un día fueron victoriosos
Los vencejos corean con sus agudos clarines
la marcha triunfal de los caballeros
poseedores por derecho de pernada
de las más sumisas doncellas
Mientras en el recóndito cenobio
los caleidoscopios iniciáticos de la tarde
dejan su rastro de sangre
entre las devociones apenas elevadas
Son mis heraldos preferidos
los de las decadentes jornadas junto a los álamos temblorosos
tus manos apenas llagadas
reposan entre las mías de fuertes guantes de acero
Son las aves de la tarde
las que convocan a muerto tras los vientos atronadores
son los jóvenes adalides que quedaron allí colgados
entre cipreses augustos como inercias de vida nonata
Se gestan músculos nuevos
aproximaciones heroicas a aquellos cantares de los antiguos juglares
los rayos de un sol mortecino maculan los eriales
los lagartos se enderezan arrogantes sabiéndose sucesores de las glorias
Imaginarias las músicas que preludian turbios silencios
recorren las hojas perecederas que apenas sobreviven tras el viento
las vírgenes y las ruinas de un imperio
son apenas los reclamos que reúnen latidos y sudores
Cantad, cantad forasteros, las grandezas de la ciudad muerta
Que tiemblen vuestros corazones de ónice
y de vuestros párpados nazcan elegías o cartas postales
los florilegios pasados han de continuar en vosotros.
Ilust.: Jacek Yerka. “Ciudad en el viento.”