emiled
Poeta adicto al portal
Bajo los muelles del ensueño (el subconsciente)
I-
Bajo las ruinas de un sol amarillo, bajo los verde pórticos de un muelle
conocí las artes ocultas, y los humos de la magia reavivaron las llamas eternas.
En un bosque de muerte, sobre las rosas muertas, escuché el llamado de las mareas,
oí el sollozo de una niña, y vi que se la llevaban las sombras del muelle.
Después vi una tumba con mi nombre y por encima de ella cantaba un cuervo;
vi un ser alado, blanco como la nieve, blandiendo brillantes espadas.
Vi inmensos espirales de humo desciendo como pájaros muertos;
vi soles negros, albas muertas, lloviendo lágrimas en el arco del cielo.
II-
¡Oh soles! Me había tumbado en la tierra árida llorando, como un niño pobre,
bajo las imponentes arcadas del valle; y en los árboles y en las altas planicies
construí mi féretro, y allí fui aquella pálida sombra que habita en el valle.
¡Fui un ángel, un triste demonio! ¡Fui un frío espectro más en los muelles!
Y en las rocas de mármol, bajo el sol del alba pinté maravillosas imágenes.
Cobijé a la luna en los rosedales, más los astros no vinieron a mi sepulcro;
por largo tiempo se oyó a los lobos en los valles, en la cúspide de los montes,
y la niña de tez blanca y cabellos diamantinos me contaba lúgubres historias.
III-
Supe de las manos del ensueño tejiendo telarañas bajo los blanquísimos faros,
y del moribundo murmullo de los astros, cuando su fulgor desciende a la tierra;
quise pintar de rojo el sol, de negro el alba, pero éstos ya habían caído en los lagos.
Entonces me arrodillé al silencio, y oí estallando los estruendos de la guerra.
Quise ¡oh lunas! Retratar al crepúsculo en mis pobres letras nocturnas
y el imperio del alba trajo al arco iris alzado en los cristales del puente.
Las negras bocanadas de niebla del valle de las visiones taciturnas
anclaron en la tierra muerta, y vi al navío de oro atravesar el océano latente.
Quise atrapar el rocío de la mañana en la verde arboleda y en el campo de luces
llamando al ensueño, y vuelto a escuchar la tormenta palidecí en mi barca.
¡Vuelvo a cobijar la luna! Y planeando las aguas turbias fueron los peces;
En el eterno letargo del regazo dormía el niño pobre junto a la horrible parca.
¡Soy un capitán de pobres letras! Soy un acorde más en toda la triste sinfonía,
que bajo el Bóreas de otoño sólo un viento reparte sobre los lirios,
cuyo débil murmullo palidece junto al ciprés del canto de las aves del día;
que oye el susurro del trueno sobre las algas, reflejando el mar en un cielo de vidrios.
IV-
¡Habitante de tierras áridas! Hoy vuelvo a ver al pájaro en la cima de los féretros,
y al ser alado envuelto en humo jugando bajo el cielo en los acantilados.
¡Estrella de la tarde! La que asoma por la ventana al ruido de los espectros;
el mismo astro anclado en el cielo de oro y señor de los abismos arqueados.
Sepamos recibir, cuando caiga el día bajo las ruinas del muelle, las manos del ensueño,
y con ella el llamado del alba, la canción que suena a mediodía en el oráculo de Delfos.
¡Vuelvo a oír el llamado de las olas, el incandescente relámpago de los cielos!
¡Oh poetas! ¡Denme mi arco! ¡Es un abismo muy hondo mi morada, mi sueño!
-EMILIANO RUIZ DIAZ-
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