Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Había crecido al borde mismo del patio de la escuela. Cuando acabaron de construirla, el primer maestro que hubo en el pueblo reunió a todos los niños y lo plantaron. Era un árbol de grueso y fuerte tronco, no muy alto, con grandes ramas que se extendían paralelas al suelo. En verano se cubría con hojas de un tamaño considerable, de un color verde, un poco apagado y daba una sombra fresca sobre el patio; el invierno, por el contrario, lo desnudaba, dejándolo como un esqueleto de feas y peladas ramas.
El maestro que lo plantó, ya había fallecido y los niños de entonces ya eran abuelos. El árbol había perdido la cuenta de las primaveras ¡tantas veces sintió brotar sus hojas…! Y otras tantas las había visto caer. Con el transcurrir de los años había ido viendo envejecer la escuela, aparecer grietas en sus muros y cómo el sol hería la pintura de las ventanas. Se sabía las tablas de sumar y de multiplicar hasta el nueve, con aquel soniquete con el que los niños cantaban una y otra vez, un año y otro.
Sin embargo el árbol estaba triste. Sentía que no servía para nada. En un rincón del patio, cuando su sombra se podía agradecer, ya era verano y los niños no iban a la escuela; corrían por las eras y se bañaban en el río en las tardes inmensas del estío. Ni siquiera servía de portería cuando los niños jugaban al futbol, corriendo desordenados en multitudinarios equipos, persiguiendo un balón de color rojo.
Nuestro árbol, sin duda, hubiese preferido cualquier otra cosa, como ser un ciruelo y sentir a los chicos trepar por sus ramas para coger dulces ciruelas; o tener hermosas flores, de fragancia suave… Pero lo que más le hubiera gustado era ser un árbol de Navidad, lleno de verdes agujas, siempre con hojas, adornado con cintas de espumillón plateado y bolas de cristal, con luces de colores encendiéndose y apagándose… Quería ser hermoso. Hermoso y, sobre todo, querido. Deseaba que alguna vez los niños y los mayores se fijasen en él, no como ahora que nadie le prestaba atención y todo el mundo lo contemplaba como formando parte del paisaje, igual que el polvo del sendero o las hierbas de la cuneta. La tristeza embargaba al árbol y le hacía llorar gotas de rocío en sus hojas que brillaban al primer sol de la mañana.
Un día de principios del otoño, recién comenzadas las clases, cuando todos los niños estaban en la escuela, se desencadenó una gran tormenta. Las nubes jarreaban agua sobre el suelo tan deprisa y en tal cantidad, que pronto se formaron charcos; de los charcos pasó a correr el agua por las tierras y los caminos, desbordándose los regatos y los arroyos, viniendo, por último, una importante riada. Los relámpagos estallaban en luz encendiendo el cielo y los truenos llegaban a todos los rincones haciendo temblar la tierra.
El río se rebosó por encima de la escuela y las aguas vinieron a golpear sus muros. Por la puerta el agua entraba a borbotones, cubriendo rápidamente los pupitres. Fue entonces cuando la maestra cubrió a los niños con grandes bolsas de plástico a modo de impermeables y los hizo salir del aula. En el exterior, el agua corría arrastrándolo todo y el camino estaba intransitable. Había peligro de que el agua arrastrase a alguno de los pequeños. En un momento la maestra tomó la decisión:
- Niños, subid al árbol. Es fuerte, con grandes raíces y seguramente aguantará-
La maestra les iba aupando a las ramas diciéndoles que se sujetasen bien. El árbol quería acogerlos a todos. Afianzó bien sus raíces, sujetó sus ramas, incluso se acercó hacia abajo lo más que pudo para que los menores también pudiesen subir. Finalmente todos lo consiguieron, junto con la profesora y, abrazados al árbol, vieron cómo el agua corría por debajo de ellos, arrasando todo lo que se oponía a su paso. La vieja escuela, herida por las grietas de sus paredes, se desplomó por el embate del agua.
Más de dos horas estuvieron allí, hasta que cesó de llover y las aguas volvieron a su cauce. El árbol se agarraba al suelo con todas sus fuerzas para que el agua no se lo llevase. Con las ramas superiores intentó tapar un poco a los niños, para que la lluvia no les golpease tanto.
De ese modo los encontraron los padres cuando, llenos de preocupación, pudieron llegar. Todos estaban a salvo y ello gracias al árbol.
Cuando levantaron la nueva escuela, dejaron al árbol en medio del patio. Delante colocaron una placa que decía:
“Al árbol, nuestro amigo; guardián de la vida”
Y el árbol pasó a ser un compañero más de juegos para los escolares; trepaban por sus ramas, jugaban en su derredor, lo adornaban con cintas y farolillos. Pudo el árbol sentirse orgulloso y dejó para siempre la tristeza. Sus ramas crecieron todavía más y cobijaron los nidos de muchas aves. Pájaros de todas clases que alegraban las mañanas con sus trinos.
Nunca más deseó ser un árbol de Navidad. Había descubierto que todos llevan dentro la Navidad y que ésta, puede ser todos los días.
El maestro que lo plantó, ya había fallecido y los niños de entonces ya eran abuelos. El árbol había perdido la cuenta de las primaveras ¡tantas veces sintió brotar sus hojas…! Y otras tantas las había visto caer. Con el transcurrir de los años había ido viendo envejecer la escuela, aparecer grietas en sus muros y cómo el sol hería la pintura de las ventanas. Se sabía las tablas de sumar y de multiplicar hasta el nueve, con aquel soniquete con el que los niños cantaban una y otra vez, un año y otro.
Sin embargo el árbol estaba triste. Sentía que no servía para nada. En un rincón del patio, cuando su sombra se podía agradecer, ya era verano y los niños no iban a la escuela; corrían por las eras y se bañaban en el río en las tardes inmensas del estío. Ni siquiera servía de portería cuando los niños jugaban al futbol, corriendo desordenados en multitudinarios equipos, persiguiendo un balón de color rojo.
Nuestro árbol, sin duda, hubiese preferido cualquier otra cosa, como ser un ciruelo y sentir a los chicos trepar por sus ramas para coger dulces ciruelas; o tener hermosas flores, de fragancia suave… Pero lo que más le hubiera gustado era ser un árbol de Navidad, lleno de verdes agujas, siempre con hojas, adornado con cintas de espumillón plateado y bolas de cristal, con luces de colores encendiéndose y apagándose… Quería ser hermoso. Hermoso y, sobre todo, querido. Deseaba que alguna vez los niños y los mayores se fijasen en él, no como ahora que nadie le prestaba atención y todo el mundo lo contemplaba como formando parte del paisaje, igual que el polvo del sendero o las hierbas de la cuneta. La tristeza embargaba al árbol y le hacía llorar gotas de rocío en sus hojas que brillaban al primer sol de la mañana.
Un día de principios del otoño, recién comenzadas las clases, cuando todos los niños estaban en la escuela, se desencadenó una gran tormenta. Las nubes jarreaban agua sobre el suelo tan deprisa y en tal cantidad, que pronto se formaron charcos; de los charcos pasó a correr el agua por las tierras y los caminos, desbordándose los regatos y los arroyos, viniendo, por último, una importante riada. Los relámpagos estallaban en luz encendiendo el cielo y los truenos llegaban a todos los rincones haciendo temblar la tierra.
El río se rebosó por encima de la escuela y las aguas vinieron a golpear sus muros. Por la puerta el agua entraba a borbotones, cubriendo rápidamente los pupitres. Fue entonces cuando la maestra cubrió a los niños con grandes bolsas de plástico a modo de impermeables y los hizo salir del aula. En el exterior, el agua corría arrastrándolo todo y el camino estaba intransitable. Había peligro de que el agua arrastrase a alguno de los pequeños. En un momento la maestra tomó la decisión:
- Niños, subid al árbol. Es fuerte, con grandes raíces y seguramente aguantará-
La maestra les iba aupando a las ramas diciéndoles que se sujetasen bien. El árbol quería acogerlos a todos. Afianzó bien sus raíces, sujetó sus ramas, incluso se acercó hacia abajo lo más que pudo para que los menores también pudiesen subir. Finalmente todos lo consiguieron, junto con la profesora y, abrazados al árbol, vieron cómo el agua corría por debajo de ellos, arrasando todo lo que se oponía a su paso. La vieja escuela, herida por las grietas de sus paredes, se desplomó por el embate del agua.
Más de dos horas estuvieron allí, hasta que cesó de llover y las aguas volvieron a su cauce. El árbol se agarraba al suelo con todas sus fuerzas para que el agua no se lo llevase. Con las ramas superiores intentó tapar un poco a los niños, para que la lluvia no les golpease tanto.
De ese modo los encontraron los padres cuando, llenos de preocupación, pudieron llegar. Todos estaban a salvo y ello gracias al árbol.
Cuando levantaron la nueva escuela, dejaron al árbol en medio del patio. Delante colocaron una placa que decía:
“Al árbol, nuestro amigo; guardián de la vida”
Y el árbol pasó a ser un compañero más de juegos para los escolares; trepaban por sus ramas, jugaban en su derredor, lo adornaban con cintas y farolillos. Pudo el árbol sentirse orgulloso y dejó para siempre la tristeza. Sus ramas crecieron todavía más y cobijaron los nidos de muchas aves. Pájaros de todas clases que alegraban las mañanas con sus trinos.
Nunca más deseó ser un árbol de Navidad. Había descubierto que todos llevan dentro la Navidad y que ésta, puede ser todos los días.