Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En uno de los confines del mundo, donde el Mar Azul toca tierra junto al Bosque de los Álamos, tras pasar los Montes Viejos, bajando por el Sendero Escondido, se llega al Lago Topacio. En su orilla noreste, donde linda con las Tierras de Oberón se encuentra Villablanca. Es un pueblo pequeño, coqueto, de calles menudas y serpenteantes, que rodean casas de una o dos plantas, de tejados verdes por el musgo sobre las tejas y fachadas blancas con contraventanas de madera. Por las mañanas suelen estar abiertas y es frecuente escuchar a las mujeres villablanquinas cantar mientras desempeñan tareas en el hogar. Los niños pasan las mañanas en la escuela y las tardes las dedican a jugar mientras el tiempo lo permite, ya que el invierno es allí una estación muy cruda.
El Camino Real bordea el Lago y lleva a la Capital del Reino. El Camino Antiguo, estrecho pero bien cuidado, nos acerca a las Tierras de Oberón.
Por el Camino Antiguo se encaminaron una mañana Timmy y John. Eran carboneros y aprovechaban el buen tiempo para preparar el cisco de roble, que les permitiría el calentarse cuando llegasen los días del frío. El Camino Antiguo les llevó al Bosque de los Álamos, a una cota grande donde crecían encinas y robles añosos que les permitían hacer un buen carbón.
Timmy y John eran compañeros, no eran muy amigos, pues ocurría que mientras Timmy era simpático, hablador, con buen humor y en general buena persona, John era hosco, algo huraño, poco propenso a ayudar a los demás y bastante egoísta.
Aquel día, ya de tarde, con el trabajo realizado, se encaminaron hacia sus casas. El verano iba declinando y las tardes iban siendo más cortas, de modo que el ocaso les pilló de camino. Les sorprendió escuchar cantos que provenían del interior del bosque. Voces claras, bien timbradas, cantaban unas melodías desconocidas, pero muy bellas, que hechizaban el corazón. Timmy, propuso acercarse y ver qué era aquello que tan bien sonaba. John no era muy partidario, pero en esa ocasión se dejó convencer. Se internaron en la espesura y cada vez oían más cerca los cantos. Al fin llegaron a un pequeño claro del bosque y allí, iluminados por la luz de la luna llena, al son de las flautas de Pan que tocaban los faunos, bailaban las ninfas con los elfos, mientras las hadas cantaban con sus voces melodiosas. Nuestros dos conocidos se quedaron asombrados, acurrucados en uno de los bordes de aquel claro, sin querer molestar a quienes tan bien lo estaban pasando. Terminado el baile, Titania, la Reina de las Hadas, se dirigió a ellos y les preguntó por la razón de su presencia. Timmy contó lo que era su trabajo diario, cómo acudían al bosque cada mañana y la sorpresa que habían tenido esa noche al encontrarse con sus canciones y sus bailes. Titania sonrió y les dijo. “Habéis sido respetuosos con nuestra fiesta y por ello os voy a entregar un regalo”. “No es necesario” dijo Timmy, pero John, se apresuró a decir que “bueno”. Señaló la reina un montón de piedras, redondas, de varios tamaños y les invitó a que cogieran las que quisieran. Timmy sonrió y se dijo: “son unas piedras muy bonitas, muy redondas, los niños de Villablanca lo pasarán muy bien jugando con ellas” Y así cogió unas cuantas piedras de varios tamaños y las guardó en su morral. John, se mostró contrariado, pensaba que sería otro regalo, más valioso lo que les ofrecería la reina y cogió simplemente dos piedras, las más pequeñas.
Agradeciendo el presente que les habían hecho, se fueron los dos carboneros hacia el pueblo, comentando entre ellos lo sucedido. Al día siguiente, cuando los niños salieron de la escuela Timmy se acercó a ellos y les fue regalando a cada uno, una de aquellas piedras. Los niños las miraban con ilusión y se fueron a sus casas disfrutando de antemano lo que iban a jugar con ellas o dónde las iban a colocar para que adornasen. Timmy, miró el morral que pensó que se habría vaciado y encontró que en él se hallaban, todavía, un gran número de piedras. Aquella noche se acostó feliz. A la mañana, le despertaron voces, risas y golpes apresurados en su puerta. Cuando abrió, se encontró con un gran grupo de madres, con los niños a quienes había regalado las piedras; éstas se habían convertido durante la noche en perfectos diamantes. “Venimos a traerte estos diamantes que diste a nuestros hijos” comentaron aquellas mujeres a coro. “Si son de ellos” respondió él. “Yo les regalé las piedras, si ahora son diamantes, de ellos son. Procurad hacer buen uso de ellos”. Se alejaron felices, pues aquel regalo inesperado permitiría que los más capaces estudiasen, arreglar las casas que lo precisaran, algún pequeño extraordinario o, incluso, una barca nueva.
Miró Timmy en su morral y halló un montón de diamantes. Se acercó a casa de John y le puso al tanto de lo ocurrido. Corrió John a mirar en su bolsa y en ella había dos diamantes pequeñitos, como las piedras que había cogido. Su enfado fue enorme. Se encaró con Timmy y le culpó de verse ahora pobre, cuando podía haberse hecho rico. Timmy, intentó calmarlo y, de hecho, le ofreció diamantes de los suyos. Repartió sin más los que tenía y se fue hacia su casa, pensando si habría quedado alguien en el pueblo, que tuviese necesidad de algún diamante. Titania, parece ser que tenía todo bien previsto y todos en la villa tuvieron su ayuda.
John, sin embargo, no dejaba de rumiar lo que llamaba su mala suerte y apenas era capaz de disfrutar lo que tenía y únicamente soñaba con tener más.
Cuando pasaron las semanas y se acercaba la siguiente luna llena, se le ocurrió una idea. Volvería al bosque, al claro y pediría a la reina de las hadas un nuevo regalo. Y así lo hizo. Cuando llegó la noche esperada, se internó en el bosque y buscó el claro de las hadas. No tardó en oír sus cantos y guiado por sus voces, se presentó de nuevo ante ellas. Escuchó sus cantos y contempló sus bailes hasta que terminaron. Entonces Titania agradeció su presencia y le ofreció un regalo, exactamente como la vez anterior. En esta ocasión, John se había preparado. Llevaba un gran saco y cargó en él todas las piedras que fue capaz de trasportar. Despidiéndose de las hadas, se encaminó hacia su vivienda, disfrutando por el camino de todas aquellas riquezas que iba a tener. Llegó a su casa reventado, no podía dar un paso más, pero la ambición le brillaba en los ojos y de antemano se veía como el más rico del reino. Al día siguiente estuvo nervioso, irritable, intratable, ya que no veía el momento de que llegase la mañana siguiente, para verse colmado de riquezas. Le costó tiempo conciliar el sueño, mas al fin se quedó dormido. Cuando despertó a la mañana, corrió hasta el saco y lo abrió apresuradamente. Su desdicha no tuvo límite cuando vio que todas aquellas piedras que tan trabajosamente había arrastrado hasta su casa se habían trasformado en carbón y no solamente las que había llevado la noche anterior, si no que los diamantes que Timmy le había regalado, también eran carbón. Maldijo su suerte, se arrancaba mechones de cabello de su cabeza y… le pareció escuchar a lo lejos, la risa franca y clara de la Reina Titania.
El Camino Real bordea el Lago y lleva a la Capital del Reino. El Camino Antiguo, estrecho pero bien cuidado, nos acerca a las Tierras de Oberón.
Por el Camino Antiguo se encaminaron una mañana Timmy y John. Eran carboneros y aprovechaban el buen tiempo para preparar el cisco de roble, que les permitiría el calentarse cuando llegasen los días del frío. El Camino Antiguo les llevó al Bosque de los Álamos, a una cota grande donde crecían encinas y robles añosos que les permitían hacer un buen carbón.
Timmy y John eran compañeros, no eran muy amigos, pues ocurría que mientras Timmy era simpático, hablador, con buen humor y en general buena persona, John era hosco, algo huraño, poco propenso a ayudar a los demás y bastante egoísta.
Aquel día, ya de tarde, con el trabajo realizado, se encaminaron hacia sus casas. El verano iba declinando y las tardes iban siendo más cortas, de modo que el ocaso les pilló de camino. Les sorprendió escuchar cantos que provenían del interior del bosque. Voces claras, bien timbradas, cantaban unas melodías desconocidas, pero muy bellas, que hechizaban el corazón. Timmy, propuso acercarse y ver qué era aquello que tan bien sonaba. John no era muy partidario, pero en esa ocasión se dejó convencer. Se internaron en la espesura y cada vez oían más cerca los cantos. Al fin llegaron a un pequeño claro del bosque y allí, iluminados por la luz de la luna llena, al son de las flautas de Pan que tocaban los faunos, bailaban las ninfas con los elfos, mientras las hadas cantaban con sus voces melodiosas. Nuestros dos conocidos se quedaron asombrados, acurrucados en uno de los bordes de aquel claro, sin querer molestar a quienes tan bien lo estaban pasando. Terminado el baile, Titania, la Reina de las Hadas, se dirigió a ellos y les preguntó por la razón de su presencia. Timmy contó lo que era su trabajo diario, cómo acudían al bosque cada mañana y la sorpresa que habían tenido esa noche al encontrarse con sus canciones y sus bailes. Titania sonrió y les dijo. “Habéis sido respetuosos con nuestra fiesta y por ello os voy a entregar un regalo”. “No es necesario” dijo Timmy, pero John, se apresuró a decir que “bueno”. Señaló la reina un montón de piedras, redondas, de varios tamaños y les invitó a que cogieran las que quisieran. Timmy sonrió y se dijo: “son unas piedras muy bonitas, muy redondas, los niños de Villablanca lo pasarán muy bien jugando con ellas” Y así cogió unas cuantas piedras de varios tamaños y las guardó en su morral. John, se mostró contrariado, pensaba que sería otro regalo, más valioso lo que les ofrecería la reina y cogió simplemente dos piedras, las más pequeñas.
Agradeciendo el presente que les habían hecho, se fueron los dos carboneros hacia el pueblo, comentando entre ellos lo sucedido. Al día siguiente, cuando los niños salieron de la escuela Timmy se acercó a ellos y les fue regalando a cada uno, una de aquellas piedras. Los niños las miraban con ilusión y se fueron a sus casas disfrutando de antemano lo que iban a jugar con ellas o dónde las iban a colocar para que adornasen. Timmy, miró el morral que pensó que se habría vaciado y encontró que en él se hallaban, todavía, un gran número de piedras. Aquella noche se acostó feliz. A la mañana, le despertaron voces, risas y golpes apresurados en su puerta. Cuando abrió, se encontró con un gran grupo de madres, con los niños a quienes había regalado las piedras; éstas se habían convertido durante la noche en perfectos diamantes. “Venimos a traerte estos diamantes que diste a nuestros hijos” comentaron aquellas mujeres a coro. “Si son de ellos” respondió él. “Yo les regalé las piedras, si ahora son diamantes, de ellos son. Procurad hacer buen uso de ellos”. Se alejaron felices, pues aquel regalo inesperado permitiría que los más capaces estudiasen, arreglar las casas que lo precisaran, algún pequeño extraordinario o, incluso, una barca nueva.
Miró Timmy en su morral y halló un montón de diamantes. Se acercó a casa de John y le puso al tanto de lo ocurrido. Corrió John a mirar en su bolsa y en ella había dos diamantes pequeñitos, como las piedras que había cogido. Su enfado fue enorme. Se encaró con Timmy y le culpó de verse ahora pobre, cuando podía haberse hecho rico. Timmy, intentó calmarlo y, de hecho, le ofreció diamantes de los suyos. Repartió sin más los que tenía y se fue hacia su casa, pensando si habría quedado alguien en el pueblo, que tuviese necesidad de algún diamante. Titania, parece ser que tenía todo bien previsto y todos en la villa tuvieron su ayuda.
John, sin embargo, no dejaba de rumiar lo que llamaba su mala suerte y apenas era capaz de disfrutar lo que tenía y únicamente soñaba con tener más.
Cuando pasaron las semanas y se acercaba la siguiente luna llena, se le ocurrió una idea. Volvería al bosque, al claro y pediría a la reina de las hadas un nuevo regalo. Y así lo hizo. Cuando llegó la noche esperada, se internó en el bosque y buscó el claro de las hadas. No tardó en oír sus cantos y guiado por sus voces, se presentó de nuevo ante ellas. Escuchó sus cantos y contempló sus bailes hasta que terminaron. Entonces Titania agradeció su presencia y le ofreció un regalo, exactamente como la vez anterior. En esta ocasión, John se había preparado. Llevaba un gran saco y cargó en él todas las piedras que fue capaz de trasportar. Despidiéndose de las hadas, se encaminó hacia su vivienda, disfrutando por el camino de todas aquellas riquezas que iba a tener. Llegó a su casa reventado, no podía dar un paso más, pero la ambición le brillaba en los ojos y de antemano se veía como el más rico del reino. Al día siguiente estuvo nervioso, irritable, intratable, ya que no veía el momento de que llegase la mañana siguiente, para verse colmado de riquezas. Le costó tiempo conciliar el sueño, mas al fin se quedó dormido. Cuando despertó a la mañana, corrió hasta el saco y lo abrió apresuradamente. Su desdicha no tuvo límite cuando vio que todas aquellas piedras que tan trabajosamente había arrastrado hasta su casa se habían trasformado en carbón y no solamente las que había llevado la noche anterior, si no que los diamantes que Timmy le había regalado, también eran carbón. Maldijo su suerte, se arrancaba mechones de cabello de su cabeza y… le pareció escuchar a lo lejos, la risa franca y clara de la Reina Titania.