Noche nacida de un olvido
La respiración del mar profunda y agitada
me sumerge en los prados
que en su fondo se ocultan
Son las luces de las miradas extraviadas
buscadoras de tritones y sirenas
las que revuelven sin encontrarlo
la carnal envoltura de mi sudario blanco
El nocturno mar sin lámparas ni pájaros graznadores
el mar durante la noche alevosa
es mi cómplice en esos paseos en los que se nos mueren estrellas
y suicidas recurrentes adornan con sus gráciles caídas
la árida geometría de los acantilados.
Rodeado de cabelleras como algas
fructificadas por la coyunda del sol
me recreo en la fragmentada visión de lo inasible
mientras un pequeño barco traza geometrías sin sentido.
Alguien muere allá a lo lejos
es tan placentero morir en el mar
con la absoluta certeza
de ser noticia de prensa
¡Que rojiza irrisión!
Crece en el horizonte recién pintado
la ilusión de una catedral hecha de música
o caricias alveoladas
o tal vez de corales desprendidos de sus alas
La pálida grafía de las espumas
narra versos equivocados
mientras los escorzos del perenne suicida
corrigen las faltas de ortografía
Recuerdo la ciudad y sus vibrantes orquestas
ahora que son fiestas en el pueblo
la ciudad apabullante que silencia las músicas de las calles
y los fuegos de artificio denuncian estrellas marchitas
El sólido trasdós de la sierra que monta oscuro sobre negro
disimulando los malvas de un ocaso que fue su predecesor
convoca en los parques recién plantados
toda la pléyade de corzos y manuales de uso
Es la lejanía inquebrantable de las tablas de logaritmos
es la inédita ecuación que define la curvatura de un vientre femenino
archiperfección inefable que profano diariamente
mientras me llega el lívido consuelo
de la esperada carta de amor.
Ilus.: Paul Delvaux. La Sirena. 1969
La respiración del mar profunda y agitada
me sumerge en los prados
que en su fondo se ocultan
Son las luces de las miradas extraviadas
buscadoras de tritones y sirenas
las que revuelven sin encontrarlo
la carnal envoltura de mi sudario blanco
El nocturno mar sin lámparas ni pájaros graznadores
el mar durante la noche alevosa
es mi cómplice en esos paseos en los que se nos mueren estrellas
y suicidas recurrentes adornan con sus gráciles caídas
la árida geometría de los acantilados.
Rodeado de cabelleras como algas
fructificadas por la coyunda del sol
me recreo en la fragmentada visión de lo inasible
mientras un pequeño barco traza geometrías sin sentido.
Alguien muere allá a lo lejos
es tan placentero morir en el mar
con la absoluta certeza
de ser noticia de prensa
¡Que rojiza irrisión!
Crece en el horizonte recién pintado
la ilusión de una catedral hecha de música
o caricias alveoladas
o tal vez de corales desprendidos de sus alas
La pálida grafía de las espumas
narra versos equivocados
mientras los escorzos del perenne suicida
corrigen las faltas de ortografía
Recuerdo la ciudad y sus vibrantes orquestas
ahora que son fiestas en el pueblo
la ciudad apabullante que silencia las músicas de las calles
y los fuegos de artificio denuncian estrellas marchitas
El sólido trasdós de la sierra que monta oscuro sobre negro
disimulando los malvas de un ocaso que fue su predecesor
convoca en los parques recién plantados
toda la pléyade de corzos y manuales de uso
Es la lejanía inquebrantable de las tablas de logaritmos
es la inédita ecuación que define la curvatura de un vientre femenino
archiperfección inefable que profano diariamente
mientras me llega el lívido consuelo
de la esperada carta de amor.
Ilus.: Paul Delvaux. La Sirena. 1969