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Que me gustaba ir a la joyería de mi tío,
porque tenía ese olor agradable de la opulencia.
Una joyería, que destacaba en medio de la calle,
que brillaba, en la vereda antigua,
de aquellos tiempos, cuando el cielo era tan diferente.
Que iba de frente, al Palacio de Gobierno,
situado cerca de allí, y que se podía ver a lo lejos.
Con muchas luces ámbar, en su entorno.
La antigua casa de Pizarro, el conquistador español.
LA PRIMERA VEZ QUE NOS MIRAMOS
Una vez fue a la joyería, una bella mujer,
a que le reparen su collar de perlas.
Nunca vi tanta lindeza. Prístina quimera.
Y me enamore de ella. Fue, mi primera ilusión.
Era muy bonita. Y los empleados la piropeaban.
Pero ella, se burlaba de ellos, señalándome a mi.
Un ser melancólico, un parche para ella,
sentado al lado de una enorme caja fuerte,
donde se guardaban las joyas de oro y plata,
al cerrar el establecimiento; siempre lleno de gente,
comprando aretes, anillos y collares.
Me gustaba pasear al rededor de la joyería.
Por la vereda echa de piedrecitas,
siempre atiborradas de gente apurada.
Recuerdo que había muchas parroquias e Iglesias
y balcones virreinales, muy bien conservados.
Y de vez en cuando, veía venir al hijo de mi tío,
que caminaba como saltando.
Ver al gordo italiano homosexual, alegre y gritón,
dueño de la panadería de la esquina. Su voz chillona.
Mientras su linda hija rubia abrazaba a su novio,
y se iban caminando, perdiéndose entre la multitud.
Después de haber salido de un famoso hotel cinco estrellas,
ver a una bella turista, caminando zigzagueando
casi por la pista, totalmente embriagada y sin rumbo.
Y no se le veía nada bien. Pero la gente la ignoraba.
Me entretenía mucho caminar por esas calles.
Al frente, estaba aquel lujoso restaurante,
y sentado en una mesa, destinado a los comensales,
recuerdo a un joven de cabellos largos,
con sus uñas pintadas de negro,
drogadicto y mirando abajo, perdido en el limbo
de sus visiones psicodélicas. El era el hijo del dueño,
que se avergonzaba de aquel vástago fallido.
SEGUNDO ENCUENTRO
Nunca la olvidaré. Porque ella fue mi primer amor, era bellísima.
Sobre todo aquel día lluvioso. Cuando la vi, nuevamente.
Recuerdo regresar apurado a la joyería de mi tío,
pues había estado tomando refrescos todo el día,
y necesitaba ir al baño con urgencia!
Cuando al doblar una esquina, me crucé con ella...
Vestida de terciopelo azul, alegre, bella,
que al pasar por mi lado, sonriéndome,
y yo desesperado, por llegar a la joyería;
no se le ocurrió otra cosa, que peñiscarme la barbilla.
¿Quien no a tenido un amor platónico? Reflexionó ahora.
Yo si; porque era un amor imposible. Inaceptable.
Ella era toda una mujer. Y yo un desdichado adolescente.
Que me gustaba ir a la joyería de mi tío,
porque tenía ese olor agradable de la opulencia.
Una joyería, que destacaba en medio de la calle,
que brillaba, en la vereda antigua,
de aquellos tiempos, cuando el cielo era tan diferente.
Que iba de frente, al Palacio de Gobierno,
situado cerca de allí, y que se podía ver a lo lejos.
Con muchas luces ámbar, en su entorno.
La antigua casa de Pizarro, el conquistador español.
LA PRIMERA VEZ QUE NOS MIRAMOS
Una vez fue a la joyería, una bella mujer,
a que le reparen su collar de perlas.
Nunca vi tanta lindeza. Prístina quimera.
Y me enamore de ella. Fue, mi primera ilusión.
Era muy bonita. Y los empleados la piropeaban.
Pero ella, se burlaba de ellos, señalándome a mi.
Un ser melancólico, un parche para ella,
sentado al lado de una enorme caja fuerte,
donde se guardaban las joyas de oro y plata,
al cerrar el establecimiento; siempre lleno de gente,
comprando aretes, anillos y collares.
Me gustaba pasear al rededor de la joyería.
Por la vereda echa de piedrecitas,
siempre atiborradas de gente apurada.
Recuerdo que había muchas parroquias e Iglesias
y balcones virreinales, muy bien conservados.
Y de vez en cuando, veía venir al hijo de mi tío,
que caminaba como saltando.
Ver al gordo italiano homosexual, alegre y gritón,
dueño de la panadería de la esquina. Su voz chillona.
Mientras su linda hija rubia abrazaba a su novio,
y se iban caminando, perdiéndose entre la multitud.
Después de haber salido de un famoso hotel cinco estrellas,
ver a una bella turista, caminando zigzagueando
casi por la pista, totalmente embriagada y sin rumbo.
Y no se le veía nada bien. Pero la gente la ignoraba.
Me entretenía mucho caminar por esas calles.
Al frente, estaba aquel lujoso restaurante,
y sentado en una mesa, destinado a los comensales,
recuerdo a un joven de cabellos largos,
con sus uñas pintadas de negro,
drogadicto y mirando abajo, perdido en el limbo
de sus visiones psicodélicas. El era el hijo del dueño,
que se avergonzaba de aquel vástago fallido.
SEGUNDO ENCUENTRO
Nunca la olvidaré. Porque ella fue mi primer amor, era bellísima.
Sobre todo aquel día lluvioso. Cuando la vi, nuevamente.
Recuerdo regresar apurado a la joyería de mi tío,
pues había estado tomando refrescos todo el día,
y necesitaba ir al baño con urgencia!
Cuando al doblar una esquina, me crucé con una ella...
Vestida de terciopelo azul, alegre, bella,
que al pasar por mi lado, sonriéndome,
y yo desesperado, por llegar a la joyería;
no se le ocurrió otra cosa que peñiscarme la barbilla.
¿Quien no a tenido un amor platónico? Reflexionó ahora.
Yo si; porque era un amor imposible. Inaceptable.
Ella era toda una mujer. Y yo un desdichado adolescente.
ADEXFI resultó gratificante la lectura de tu buen escrito, saludos. Creo que todos, o casi todos hemos tenido un amor adolescente. Saludos.
Que me gustaba ir a la joyería de mi tío,
porque tenía ese olor agradable de la opulencia.
Una joyería, que destacaba en medio de la calle,
que brillaba, en la vereda antigua,
de aquellos tiempos, cuando el cielo era tan diferente.
Que iba de frente, al Palacio de Gobierno,
situado cerca de allí, y que se podía ver a lo lejos.
Con muchas luces ámbar, en su entorno.
La antigua casa de Pizarro, el conquistador español.
LA PRIMERA VEZ QUE NOS MIRAMOS
Una vez fue a la joyería, una bella mujer,
a que le reparen su collar de perlas.
Nunca vi tanta lindeza. Prístina quimera.
Y me enamore de ella. Fue, mi primera ilusión.
Era muy bonita. Y los empleados la piropeaban.
Pero ella, se burlaba de ellos, señalándome a mi.
Un ser melancólico, un parche para ella,
sentado al lado de una enorme caja fuerte,
donde se guardaban las joyas de oro y plata,
al cerrar el establecimiento; siempre lleno de gente,
comprando aretes, anillos y collares.
Me gustaba pasear al rededor de la joyería.
Por la vereda echa de piedrecitas,
siempre atiborradas de gente apurada.
Recuerdo que había muchas parroquias e Iglesias
y balcones virreinales, muy bien conservados.
Y de vez en cuando, veía venir al hijo de mi tío,
que caminaba como saltando.
Ver al gordo italiano homosexual, alegre y gritón,
dueño de la panadería de la esquina. Su voz chillona.
Mientras su linda hija rubia abrazaba a su novio,
y se iban caminando, perdiéndose entre la multitud.
Después de haber salido de un famoso hotel cinco estrellas,
ver a una bella turista, caminando zigzagueando
casi por la pista, totalmente embriagada y sin rumbo.
Y no se le veía nada bien. Pero la gente la ignoraba.
Me entretenía mucho caminar por esas calles.
Al frente, estaba aquel lujoso restaurante,
y sentado en una mesa, destinado a los comensales,
recuerdo a un joven de cabellos largos,
con sus uñas pintadas de negro,
drogadicto y mirando abajo, perdido en el limbo
de sus visiones psicodélicas. El era el hijo del dueño,
que se avergonzaba de aquel vástago fallido.
SEGUNDO ENCUENTRO
Nunca la olvidaré. Porque ella fue mi primer amor, era bellísima.
Sobre todo aquel día lluvioso. Cuando la vi, nuevamente.
Recuerdo regresar apurado a la joyería de mi tío,
pues había estado tomando refrescos todo el día,
y necesitaba ir al baño con urgencia!
Cuando al doblar una esquina, me crucé con una ella...
Vestida de terciopelo azul, alegre, bella,
que al pasar por mi lado, sonriéndome,
y yo desesperado, por llegar a la joyería;
no se le ocurrió otra cosa que peñiscarme la barbilla.
¿Quien no a tenido un amor platónico? Reflexionó ahora.
Yo si; porque era un amor imposible. Inaceptable.
Ella era toda una mujer. Y yo un desdichado adolescente.