Lírico.
Exp..
El eremita
Anduve equivocado mucho tiempo.
Me retiré al desierto, habité cuevas
para soñar yo solo en la penumbra
sin nadie que pudiera pertubarme,
mientras alimentaba mi deseo
con lumbre donde ardía la memoria.
Yo solo, un solitario, un eremita,
una figura errante por mi sueño,
para no verme el rostro, para no recordarme,
me adentré en el olvido
y en larga noche.
Mi vida sucedía de puntillas,
mi vida era flotar sin darme cuenta,
la vida divagaba en esas cuevas,
y cuando quise que se despertara
su pulso ya era apenas un susurro.
Yo quise reanimarla, traté de seducirla,
mas nada conseguía hacer efecto
para una vida más que anestesiada.
Hube de recurrir a la memoria,
mas la memoria ardió en aquella lumbre
de mis mejores años borrados para siempre.
Un eremita roto en el desierto;
ese fue el resultado de aquel peregrinaje,
el calcinado fruto
que coseché infeliz por mi deseo.
Una mañana limpia, sin saber muy bien cómo,
la luz que se colaba por la cueva
tentaba entre las sombras a mi vida
postrada en un rincón.
Al principio no pude abrir los ojos,
la luz del sol hería mis pupilas
y ese dolor fue dando paso a un odio
muy difuso, inconcreto, exasperado
contra la luz del mundo.
Salir, finalmente, de la cueva,
y abandonar el árido desierto
hizo que la memoria, como un estrella pálida,
volviera a visitarme.
Ahora lo sé, el deseo es otra cosa
distinta del amor, porque este sale
de todas esas cuevas y desiertos
y no teme a la luz, ni quema a la memoria,
y nos hace estar fuera de nosotros.
Anduve equivocado mucho tiempo.
Anduve equivocado mucho tiempo.
Me retiré al desierto, habité cuevas
para soñar yo solo en la penumbra
sin nadie que pudiera pertubarme,
mientras alimentaba mi deseo
con lumbre donde ardía la memoria.
Yo solo, un solitario, un eremita,
una figura errante por mi sueño,
para no verme el rostro, para no recordarme,
me adentré en el olvido
y en larga noche.
Mi vida sucedía de puntillas,
mi vida era flotar sin darme cuenta,
la vida divagaba en esas cuevas,
y cuando quise que se despertara
su pulso ya era apenas un susurro.
Yo quise reanimarla, traté de seducirla,
mas nada conseguía hacer efecto
para una vida más que anestesiada.
Hube de recurrir a la memoria,
mas la memoria ardió en aquella lumbre
de mis mejores años borrados para siempre.
Un eremita roto en el desierto;
ese fue el resultado de aquel peregrinaje,
el calcinado fruto
que coseché infeliz por mi deseo.
Una mañana limpia, sin saber muy bien cómo,
la luz que se colaba por la cueva
tentaba entre las sombras a mi vida
postrada en un rincón.
Al principio no pude abrir los ojos,
la luz del sol hería mis pupilas
y ese dolor fue dando paso a un odio
muy difuso, inconcreto, exasperado
contra la luz del mundo.
Salir, finalmente, de la cueva,
y abandonar el árido desierto
hizo que la memoria, como un estrella pálida,
volviera a visitarme.
Ahora lo sé, el deseo es otra cosa
distinta del amor, porque este sale
de todas esas cuevas y desiertos
y no teme a la luz, ni quema a la memoria,
y nos hace estar fuera de nosotros.
Anduve equivocado mucho tiempo.