Alizée
⊙ ⲤⲆⲄⲂⲞⲚⲞ ⲘⲞꓓⲒ⳨ⲒⲤⲆꓓⲞ ⊙ ✦Humαlıen✦ ∞ ֎ ♡
Un crudo invierno cualquiera plasmado en la mampara del ayer, natural obra perfecta, de un vuelco infunde su estival aliento, al atuendo exclusivo del hoy.
Lumínica atrapada en farol de hierro antiguo, magistral arte cubista, testigo de la hazaña de entrelazar un par de manos distintas.
El impertérrito Karlův Most mantiene vivas para sí, cada una de las promesas emitidas por los viandantes en sus cortos paseos de primavera, como sabe también que quizás, en un gélido y largo día de enero, anublado, su leviatán las olvidará, al partir.
Ensimismado, observa en lontananza, un cúmulo de aerodinámicos símbolos de paz agitándose libres al viento, y algún otro, transitando al borde de ese barandal donde reposan los sueños de amor, cautivos ya, en las entrañas de su pétrea arquitectura.
Sereno, persuasivo, incansable, cómplice, Moldau lo recorre suavemente desde hace siglos en un vaivén de húmedas caricias, suspirando su afluente con creciente disciplina, y los protege persistentemente, desgajando del índice saboteador, una vez más, el prejuicio. Porque contra todo pronóstico y frío cálculo, ni siquiera el tiempo, ni la llana acritud, ni el drástico cambio, ni la insolente exposición, ni la evidente inestabilidad, han podido derrumbarlos.
"Callejones dorados cubiertos de alquimias probadas: metamorfosis", reza una leyenda que no terminó de escribirse. Inconclusa caminata fortuita, alienada, inicia su ciclo toda vez, por cada vez que sea invocada.
En la distancia existente entre la dicha y el desconcierto, la vida musita al oído de la soledad ¿por qué, si no te ha hecho nada, habrías de afrentar o mortificar de alguna forma al amor? Es el único paladín en este mundo, consciente o no, que merece el mejor trato, la mejor respuesta, envueltos en magia y oportunidad, aunque muchas veces, sea tan solo, para rechazarlo.
Lumínica atrapada en farol de hierro antiguo, magistral arte cubista, testigo de la hazaña de entrelazar un par de manos distintas.
El impertérrito Karlův Most mantiene vivas para sí, cada una de las promesas emitidas por los viandantes en sus cortos paseos de primavera, como sabe también que quizás, en un gélido y largo día de enero, anublado, su leviatán las olvidará, al partir.
Ensimismado, observa en lontananza, un cúmulo de aerodinámicos símbolos de paz agitándose libres al viento, y algún otro, transitando al borde de ese barandal donde reposan los sueños de amor, cautivos ya, en las entrañas de su pétrea arquitectura.
Sereno, persuasivo, incansable, cómplice, Moldau lo recorre suavemente desde hace siglos en un vaivén de húmedas caricias, suspirando su afluente con creciente disciplina, y los protege persistentemente, desgajando del índice saboteador, una vez más, el prejuicio. Porque contra todo pronóstico y frío cálculo, ni siquiera el tiempo, ni la llana acritud, ni el drástico cambio, ni la insolente exposición, ni la evidente inestabilidad, han podido derrumbarlos.
"Callejones dorados cubiertos de alquimias probadas: metamorfosis", reza una leyenda que no terminó de escribirse. Inconclusa caminata fortuita, alienada, inicia su ciclo toda vez, por cada vez que sea invocada.
En la distancia existente entre la dicha y el desconcierto, la vida musita al oído de la soledad ¿por qué, si no te ha hecho nada, habrías de afrentar o mortificar de alguna forma al amor? Es el único paladín en este mundo, consciente o no, que merece el mejor trato, la mejor respuesta, envueltos en magia y oportunidad, aunque muchas veces, sea tan solo, para rechazarlo.
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