Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
En la ilustre opinión del hombre moribundo,
se atenúan desgracias, sinsabores,
como si una fusión de fantasmas y de espejos
-Vive mi luz rodeada de carne.
Por que con los reflejos se olvidan y se esfuma hasta el sol que dibuja una guadaña,
hasta la propia vida, que no distingue ya la sombra.-,
saliese disparada de mi boca,
los dos polos del cielo se derriten en tus ojos,
hasta voltear la capa, ese manto de estrellas
se hunde en un nuevo cuerpo sin salida.
Las puertas cierran solas cuando el viento se asusta del salón,
los camellos descoloridos han perdido el desierto,
cambian de ubicación los relojes, de tiempo y de sonido,
con el suero del fin de los enfermos,
se deshace en mi boca ese caos, como un chicle gastado,
es ese mismo caos que mi mente buscaba en nuestro beso.
"Ya está, ya se ha manchado la Tierra de saliva."