Nat Guttlein
さん
Supiste regalarme jaulas de oro,
de barrotes perfectos,
y moldeados por las manos de todos aquellos dioses que libraban batallas entre tus bibliotecas.
Supiste obsequiarme cadenas de acero,
brillantes y refulgentes,
y de aquellas que utilizaban en las películas que se encuentran en tus cassettes.
Supiste pintarme los cielos más hermosos,
con las nubes blancas más esplendorosas,
y los angeles más puros que rezan entre tus oraciones.
Pero los angeles suelen volverse demonios,
las películas pueden ser de terror,
las cadenas no se rompen con facilidad,
las jaulas sólo sirven para mantener almas cautivas,
y las nubes pueden convertirse en tempestades. Supiste enseñarme solo un lado de la moneda,
cantar melodías dulces a mis oídos y cubrirme en mantos cálidos de otoño.
Supe volar entre tus brazos y verte como a la flor más bella de mi jardín,
supiste ser el agua que apaga los incedios
y también adorarte entre muslos y caderas.
Supimos amar,
aprender versos de Benedetti
y llorar con Mozart de fondo.
Supe encontrar las huellas que dejo tu amor,
y las cicatrices que adornan mis alas rotas.
Entendí que también la pasión quema,
pero cuán de placentero puede sonar,
el volverte a encontrar.
de barrotes perfectos,
y moldeados por las manos de todos aquellos dioses que libraban batallas entre tus bibliotecas.
Supiste obsequiarme cadenas de acero,
brillantes y refulgentes,
y de aquellas que utilizaban en las películas que se encuentran en tus cassettes.
Supiste pintarme los cielos más hermosos,
con las nubes blancas más esplendorosas,
y los angeles más puros que rezan entre tus oraciones.
Pero los angeles suelen volverse demonios,
las películas pueden ser de terror,
las cadenas no se rompen con facilidad,
las jaulas sólo sirven para mantener almas cautivas,
y las nubes pueden convertirse en tempestades. Supiste enseñarme solo un lado de la moneda,
cantar melodías dulces a mis oídos y cubrirme en mantos cálidos de otoño.
Supe volar entre tus brazos y verte como a la flor más bella de mi jardín,
supiste ser el agua que apaga los incedios
y también adorarte entre muslos y caderas.
Supimos amar,
aprender versos de Benedetti
y llorar con Mozart de fondo.
Supe encontrar las huellas que dejo tu amor,
y las cicatrices que adornan mis alas rotas.
Entendí que también la pasión quema,
pero cuán de placentero puede sonar,
el volverte a encontrar.