BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Gárgolas silentes. Se abre un espacio.
Meteoros invariables. Ocaso sobre las
uñas inmortales de los dedos. Rabia.
En esa cavidad absorbente donde se
inicia el mundo con su instante demolido.
Cantos azul vena. Participios estrellados.
Y en las laderas, en los yertos pisotones
de las vacas enajenadas, un cuerpo que se aferra,
y promete esclavitud. Donde rozan las fricciones
de los años. Donde maldicen aventureros,
copas de cristal muertas y tenaces. Telarañas
insolentes. Acciones desistidas. Amuletos
tergiversados. La uretra de los días. Flamígeros
compuestos de abono, las noches. Un eterno rodar
de cosas interpuestas. Las ventanas solicitadas.
Ínclitas materias que el esófago destruye.
La libertad, el espacio, tres sombras lacradas.
Suntuosas.
©
Meteoros invariables. Ocaso sobre las
uñas inmortales de los dedos. Rabia.
En esa cavidad absorbente donde se
inicia el mundo con su instante demolido.
Cantos azul vena. Participios estrellados.
Y en las laderas, en los yertos pisotones
de las vacas enajenadas, un cuerpo que se aferra,
y promete esclavitud. Donde rozan las fricciones
de los años. Donde maldicen aventureros,
copas de cristal muertas y tenaces. Telarañas
insolentes. Acciones desistidas. Amuletos
tergiversados. La uretra de los días. Flamígeros
compuestos de abono, las noches. Un eterno rodar
de cosas interpuestas. Las ventanas solicitadas.
Ínclitas materias que el esófago destruye.
La libertad, el espacio, tres sombras lacradas.
Suntuosas.
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