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Liberadas-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Cementerios persiguen e

inundan mis manos, como lagos,

como lagunas hendidas, en su multitud

de orígenes invisibles. Transijo con

la lentitud del caracol, vacío la leñera

con gotas de perfume incipiente, y busco

la estrategia perfecta, la higiénica medida.

La nevera abre sus fauces y anega los espejos.

El reloj fácilmente fabrica su canción desesperada.

Los cubiertos conforman una atalaya indistinta.

Me sumerjo en voces sutiles, en ecos desvanecidos.

Mi pasado me asombra, siempre regreso a lo extinto.

Muero levemente en un túnel de pavesas incendiadas.

De mariposas o libélulas liberadas en los márgenes

fluviales.

Control de impulsos, semillas en eclosión,

flores en combustión perpetua, serpientes relativas,

orgiásticas emanaciones de camisas imprevisibles.

Forzado a la dentellada, al sacrificio original,

al salvoconducto de mañana, al presente iniciático,

y a la leve tempestad segura del río.

Muero como un venado en la evaporación de la niebla.

Conteniendo la respiración y la ardiente materia de nevadas

antiguas.

Sueño con evidentes disoluciones de óxido.

Presiento la fría angelical gracia divina.

Y este cuerpo que robustece las acacias distinguidas.

Y esta letal encía que protege un imperio de galaxias.

Me acostumbro a la necedad de perseguirme,

a la necesidad de enorgullecerme de nada, consentida.

Son espasmos como rosas trituradas

son canciones como lunas familiares,

y son deflagraciones de hospitalarias colinas inarmónicas.

Son gallos usureros que brean sus portalones de madrugada;

son bruscos apetitos de redondos robles en los pechos,

en los senos tan dormidos como mandrágoras inéditas.

Y veo las risas, los episodios de risas magnéticas

que, en las cordilleras, duermen con depósitos de alambres-.

©
 
Cementerios persiguen e

inundan mis manos, como lagos,

como lagunas hendidas, en su multitud

de orígenes invisibles. Transijo con

la lentitud del caracol, vacío la leñera

con gotas de perfume incipiente, y busco

la estrategia perfecta, la higiénica medida.

La nevera abre sus fauces y anega los espejos.

El reloj fácilmente fabrica su canción desesperada.

Los cubiertos conforman una atalaya indistinta.

Me sumerjo en voces sutiles, en ecos desvanecidos.

Mi pasado me asombra, siempre regreso a lo extinto.

Muero levemente en un túnel de pavesas incendiadas.

De mariposas o libélulas liberadas en los márgenes

fluviales.

Control de impulsos, semillas en eclosión,

flores en combustión perpetua, serpientes relativas,

orgiásticas emanaciones de camisas imprevisibles.

Forzado a la dentellada, al sacrificio original,

al salvoconducto de mañana, al presente iniciático,

y a la leve tempestad segura del río.

Muero como un venado en la evaporación de la niebla.

Conteniendo la respiración y la ardiente materia de nevadas

antiguas.

Sueño con evidentes disoluciones de óxido.

Presiento la fría angelical gracia divina.

Y este cuerpo que robustece las acacias distinguidas.

Y esta letal encía que protege un imperio de galaxias.

Me acostumbro a la necedad de perseguirme,

a la necesidad de enorgullecerme de nada, consentida.

Son espasmos como rosas trituradas

son canciones como lunas familiares,

y son deflagraciones de hospitalarias colinas inarmónicas.

Son gallos usureros que brean sus portalones de madrugada;

son bruscos apetitos de redondos robles en los pechos,

en los senos tan dormidos como mandrágoras inéditas.

Y veo las risas, los episodios de risas magnéticas

que, en las cordilleras, duermen con depósitos de alambres-.

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Debo decirte que de todo lo que te llevo leyendo esto es lo más contundente. Un abrazo, BEN.
 

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