charlie ía
tru váyolens
que haya admitido abiertamente
el grado de invalidez de mi discurso,
o de que en general ninguna promesa que le hiciera
tendría vigencia más allá del momento
no impidió que mis brazos la rodearan
apoyándose contra el respaldar de su sofá
al hacer crujir nuestra carne como
árboles de jocotes silvestres
en el verano de nicaragua.
la había conocido la semana anterior
porque el tiempo es simplemente un ángel
que extiende sus alas
al cruzar en uber la garita
a la agonía de cualquier posible
solución intermedia.
divorciada.
un par de años mayor que yo,
con las paredes convenientemente
extirpadas del pasado
como si cada uno de nuestros amantes previos
se limitaran a permanecer
en el fondo de una pequeña caja
a la que hemos empujado hacia un rincón,
tras arrancarlos de los muros
blanco hueso.
todo para que los insistentes golpes contra la pared
no los inquieten ni siquiera un poco:
entonces, ¿por qué de pronto unas manos
tiran con fuerza de mis piernas
intentando evitar lo inevitable?
somos el final,
y quizás los dos iremos a parar al fondo
de una pequeña caja eventualmente,
extraviados del tacto y la calidez de las manos.
somos el final,
y un beso en el asiento trasero
no importará demasiado dentro de unos cuantos días
siendo como somos extranjeros al amor:
más de lo que al aliento alcohólico
al despertar
de la mañana siguiente.
nada de eso impidió que fuéramos a parar
al fondo de nuestras bocas tornándose
enredaderas.
en algún momento que no supe identificar
el grado de invalidez de mi discurso
dejó de aplicar a ella,
tras haber bailado
y crujido
como jocotes silvestres
dándose mil besos
en el asiento trasero.