En un carrusel de almohadones literarios
de sueños amantes nos irisamos,
éramos campanas de vuelos enamorados;
nada había entre nos para juzgarnos.
La sed y el relámpago, por entonces,
no eran sombras ni raíces heladas;
esas cosas, que ni antes ni después
pudieron a lontananza vaciarnos,
no salaban nuestras cuevas.
Un atardecer abracé tus manos
como temiendo que escapara a algún lado,
todo mi mundo sin puentes y desbandado
de la aurora de tu sol, entonces, resurgió diáfano.
Pero la noche trajo consigo su voz sin llama,
las estrellas eran como granos de desierto,
la niebla un río desbordado...
Ahora, en un suelo de escombros,
donde los vientos aparejan soledades
y los almohadones son caídos soldados;
la vida, el tiempo y la muerte,
dentro de mí,
no son más que un ángel suicidado.
de sueños amantes nos irisamos,
éramos campanas de vuelos enamorados;
nada había entre nos para juzgarnos.
La sed y el relámpago, por entonces,
no eran sombras ni raíces heladas;
esas cosas, que ni antes ni después
pudieron a lontananza vaciarnos,
no salaban nuestras cuevas.
Un atardecer abracé tus manos
como temiendo que escapara a algún lado,
todo mi mundo sin puentes y desbandado
de la aurora de tu sol, entonces, resurgió diáfano.
Pero la noche trajo consigo su voz sin llama,
las estrellas eran como granos de desierto,
la niebla un río desbordado...
Ahora, en un suelo de escombros,
donde los vientos aparejan soledades
y los almohadones son caídos soldados;
la vida, el tiempo y la muerte,
dentro de mí,
no son más que un ángel suicidado.
Última edición: