Bartleby - el alegre
Poeta recién llegado
La musa
Perdimos el rumbo,
ángel del desierto, estatua de metal,
cumbre de hielo puro,
fantasma del dolor,
Juana de Arco y máquina de radio pirata.
Lloré en la bajamar,
en el parapeto donde reposan los ahogados,
en la línea punteada
de las abuelas cosedoras de mamelucos
a nietos desaparecidos.
Nací de una vagina tibia,
y me viste, segura, con diamantes,
con un tallo de retama
y una tabla mecedora de aliso.
He reído, he amado,
me han roto el corazón
y he podido ver mi corazón en mano
deshaciéndose en una mezcla
de arena, guijarros microscópicos y semen triste.
He enterrado a mi padre,
con una lampa corta,
con gravilla formada por mis riñones,
con sangre seca propia
de mis mejores venas.
Tú haz estado ahí,
en la banca, acariciando tus piernas
musculosas,
subiéndote impúdica la falda corta;
sueño contigo
y cuando despierto
apenas sé tu nombre y mi nombre.
¿Cómo me llamaré realmente?
¿Cómo se llamará mi amigo el trashumante
que degüella a su más robusta oveja
para darme su carne?
¿Cómo te llamarás tú realmente
que me lees sentado, en tu monitor,
medio aburrido – medio corrompido – medio casto?
Nunca he dormido al lado
de alguien que realmente no amo,
no soy lo suficientemente rico para hacerlo.
A diferencia de ello,
me gusta mutar por las madrugadas,
como camaleones lisérgicos,
disfrutando los tejados coloniales
de querubines
deformes, bajo faroles dinásticos
donde antes la gente no huía
al sonido del revolver.
Ahí estás tú,
marcando mis pasos,
colocando pentagramas de salida,
emergencia y siga el paso;
me haces abordar un taxi,
y escribirle a la mujer que amo,
y que ella me ama también,
-mañana desayuno buffet allá en el Mozart.
Perdimos el rumbo,
ángel del desierto, estatua de metal,
cumbre de hielo puro,
fantasma del dolor,
Juana de Arco y máquina de radio pirata.
Lloré en la bajamar,
en el parapeto donde reposan los ahogados,
en la línea punteada
de las abuelas cosedoras de mamelucos
a nietos desaparecidos.
Nací de una vagina tibia,
y me viste, segura, con diamantes,
con un tallo de retama
y una tabla mecedora de aliso.
He reído, he amado,
me han roto el corazón
y he podido ver mi corazón en mano
deshaciéndose en una mezcla
de arena, guijarros microscópicos y semen triste.
He enterrado a mi padre,
con una lampa corta,
con gravilla formada por mis riñones,
con sangre seca propia
de mis mejores venas.
Tú haz estado ahí,
en la banca, acariciando tus piernas
musculosas,
subiéndote impúdica la falda corta;
sueño contigo
y cuando despierto
apenas sé tu nombre y mi nombre.
¿Cómo me llamaré realmente?
¿Cómo se llamará mi amigo el trashumante
que degüella a su más robusta oveja
para darme su carne?
¿Cómo te llamarás tú realmente
que me lees sentado, en tu monitor,
medio aburrido – medio corrompido – medio casto?
Nunca he dormido al lado
de alguien que realmente no amo,
no soy lo suficientemente rico para hacerlo.
A diferencia de ello,
me gusta mutar por las madrugadas,
como camaleones lisérgicos,
disfrutando los tejados coloniales
de querubines
deformes, bajo faroles dinásticos
donde antes la gente no huía
al sonido del revolver.
Ahí estás tú,
marcando mis pasos,
colocando pentagramas de salida,
emergencia y siga el paso;
me haces abordar un taxi,
y escribirle a la mujer que amo,
y que ella me ama también,
-mañana desayuno buffet allá en el Mozart.