Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Escucho como las aguas repasan
con ojos y dientes
las páginas gastadas
de esos viejos libros
que ahora viven
desacostumbradamente solos
en las esquinas
de una alcoba amarilla
donde no todo duerme,
y eso tú lo sabes,
donde no todo es el producto
de un marketing abusivo
que hace que las sonrisas
rodeen las gargantas
hasta ahogarlas.
Escucho a los murciélagos
dar las buenas noches
bajo las farolas
en la calle
donde el hambre y la luz
son todo uno mismo
y toman con frecuencia
la palabra.
Escucho
el golpe seco
de la gota de lluvia
en la ventana
con el deseo, según el día,
de entrar o salir
de la sed
del que aguarda.
Escucho
los roces de las cortinas,
de las sábanas sin viento,
de las zapatillas sin alas,
de los colgantes que aprendieron,
que remedio,
a colgarse solos.
Escucho y pongo
mucha atención en ello,
en cada tirante que cae
en cada curva que se encrespa
en cada rojo que navega
por un cáliz ya sin muerte
en cada humanidad
que no ceja
en dar nada por perdido.
con ojos y dientes
las páginas gastadas
de esos viejos libros
que ahora viven
desacostumbradamente solos
en las esquinas
de una alcoba amarilla
donde no todo duerme,
y eso tú lo sabes,
donde no todo es el producto
de un marketing abusivo
que hace que las sonrisas
rodeen las gargantas
hasta ahogarlas.
Escucho a los murciélagos
dar las buenas noches
bajo las farolas
en la calle
donde el hambre y la luz
son todo uno mismo
y toman con frecuencia
la palabra.
Escucho
el golpe seco
de la gota de lluvia
en la ventana
con el deseo, según el día,
de entrar o salir
de la sed
del que aguarda.
Escucho
los roces de las cortinas,
de las sábanas sin viento,
de las zapatillas sin alas,
de los colgantes que aprendieron,
que remedio,
a colgarse solos.
Escucho y pongo
mucha atención en ello,
en cada tirante que cae
en cada curva que se encrespa
en cada rojo que navega
por un cáliz ya sin muerte
en cada humanidad
que no ceja
en dar nada por perdido.