Rock n' roll

Bartleby - el alegre

Poeta recién llegado
Rock n' roll

Bajo la lluvia púrpura,
y tu cabellera larga,
tus libros de Baudelaire,
y tu paco mal armado
en el bolsillo de tu saco,
cuando sacas una hoja
y le escribes a esa
mujer imposible que ayer
sacaste a bailar al lado
de la rocola,
y dejó de ser tan imposible,
cuando te peleaste
con el micro para recitar
tu poema de cuatro hojas,
cuando alguien
te aplaudió y te invito una
cerveza, cuando
descubriste que la vida
no se trata de ir muriéndose
a cierta edad, sino
de vivir e ir tocando
como esos genios del fútbol
que no andaban con
tanta acrobacia,
esa vez que te rompieron
el corazón al ver al otro
en esa foto donde
siempre aparecías,
esa vez que tomabas
churros con chocolate y
te tomaron una foto,
y te sentiste tan bien,
decidiendo perder tu examen
para estar con ella,
que también perdía
otra cita,
ese día dijiste algo pasa,
me he enamorado de la vida.

Empezaste a beber más café
y menos licor,
te recortaste el cabello
y le encontraste el gusto a tu
profesión,
creíste más en Fender,
y en tus G&L, y te agarró la
nostalgia por el metal,
y comprendiste
que en estos tiempos
es casi imposible
vivir de la literatura,
pero comprendiste mejor
que viviendo esta vida
es literatura de por sí,
por qué hay dolores,
como canciones sin descubrir;
hay Jazz, clásica, demos
de Grateful Dead y
discos en banda de Spinetta.

Barres el piso, sacas el moho
de la cafetera, tiendes la cama,
tu ira se vuelve perezosa,
pelear para qué, dices,
dejas que se aburran las
personas que antes
deseabas que se fueran a la mierda;
eres amigo del que antes no eras,
entiendes que no hay blanco
ni marrón ni negro,
y que la estupidez
es hermana de la lucidez,
y que juzgar es de tontos,
pero que también hay códigos.

Subes a tu auto,
tienes un auto,
llamas a tu perro,
tienes un perro,
vas en búsqueda de comida,
tienes dinero para la comida,
y hay playa cerca,
malecón y plaza,
miras atrás y solo recuerdas
a tu padre sentado
en la banca de arce,
hablando de sus juegos de Simón
dice y yaces y canicas,
y como es que su vida dentro
de dos meses,
en verano, se iba a ir,
y así como él se fue, tú te irás.

Pero hay cosas por vivir,
por supuesto que las hay,
los dioses del rock n roll
nos cantan
con sus liras
y sus tambores apoteósicos,
y nos bendicen
con sus ritmos heterodoxos,
y Hendrix y Clapton
y Dylan y Lennon,
y los del diamante
y los de la nave flotante,
y los de la dinamita
que explota en el infierno,
junto a los hombres de acero,
y toda esa onda Wave,
tan cool, tan puta madre,
y el rock n’ roll de los
30, 40, 50 y 60,
y mi falta de amor por lo sintético
y el gustazo por los
acústicos tipo Staley.

Todo eso es parte de nuestro himno
a los actos ridículos
y patéticos de nuestras vidas,
como pedir matrimonio,
como sacar una hipoteca,
como irse de viaje,
como hacer de todo,
como poner una piedra blanca
sobre una negra,
como llorar, mentir y decir la verdad,
como negarse,
entregarse y tocar el timbre.

Ya estás con el cabello
corto y si bebes
tragos de oferta,
los que salen con guaraná y hielo,
y más dos soles agrandas
la botella,
te cae pésimo todo el día y
al día siguiente.
Ya pides no cinco minutos
sino veinte,
y maldices no haber comido
tanto plátano esa mañana
por los calambres;
pesas en una balanza
ese momento decisivo
de cuando propones
ir a otro lado,
lo rico de un desayuno café y chicharrones,
o la resaca en un hotel
de Miraflores y el ida y venida en un taxi,
más la excusa de números
de teléfonos perdidos.

Entiendes ya tu soledad,
dices no es tan mala como parece,
al contrario,
te vuelves más de leer memorias
de tipos de post guerra,
que novelas de tiempos de Goethe;
no aguantas pulgas,
y poco a poco entiendes tu naturaleza
como así lo entienden clarísimo
los perros y gatos,
y si te indignas es por qué es una
indignación real,
y si te sensibilizas es por qué también
es una sensibilización real,
no tan descabellada
como la de los ancianos,
ni tan pueril como la de un adolescente,
sino como el segundo o cuarto disco
de la mejor banda de rock.
 
Rock n' roll

Bajo la lluvia púrpura,
y tu cabellera larga,
tus libros de Baudelaire,
y tu paco mal armado
en el bolsillo de tu saco,
cuando sacas una hoja
y le escribes a esa
mujer imposible que ayer
sacaste a bailar al lado
de la rocola,
y dejó de ser tan imposible,
cuando te peleaste
con el micro para recitar
tu poema de cuatro hojas,
cuando alguien
te aplaudió y te invito una
cerveza, cuando
descubriste que la vida
no se trata de ir muriéndose
a cierta edad, sino
de vivir e ir tocando
como esos genios del fútbol
que no andaban con
tanta acrobacia,
esa vez que te rompieron
el corazón al ver al otro
en esa foto donde
siempre aparecías,
esa vez que tomabas
churros con chocolate y
te tomaron una foto,
y te sentiste tan bien,
decidiendo perder tu examen
para estar con ella,
que también perdía
otra cita,
ese día dijiste algo pasa,
me he enamorado de la vida.

Empezaste a beber más café
y menos licor,
te recortaste el cabello
y le encontraste el gusto a tu
profesión,
creíste más en Fender,
y en tus G&L, y te agarró la
nostalgia por el metal,
y comprendiste
que en estos tiempos
es casi imposible
vivir de la literatura,
pero comprendiste mejor
que viviendo esta vida
es literatura de por sí,
por qué hay dolores,
como canciones sin descubrir;
hay Jazz, clásica, demos
de Grateful Dead y
discos en banda de Spinetta.

Barres el piso, sacas el moho
de la cafetera, tiendes la cama,
tu ira se vuelve perezosa,
pelear para qué, dices,
dejas que se aburran las
personas que antes
deseabas que se fueran a la mierda;
eres amigo del que antes no eras,
entiendes que no hay blanco
ni marrón ni negro,
y que la estupidez
es hermana de la lucidez,
y que juzgar es de tontos,
pero que también hay códigos.

Subes a tu auto,
tienes un auto,
llamas a tu perro,
tienes un perro,
vas en búsqueda de comida,
tienes dinero para la comida,
y hay playa cerca,
malecón y plaza,
miras atrás y solo recuerdas
a tu padre sentado
en la banca de arce,
hablando de sus juegos de Simón
dice y yaces y canicas,
y como es que su vida dentro
de dos meses,
en verano, se iba a ir,
y así como él se fue, tú te irás.

Pero hay cosas por vivir,
por supuesto que las hay,
los dioses del rock n roll
nos cantan
con sus liras
y sus tambores apoteósicos,
y nos bendicen
con sus ritmos heterodoxos,
y Hendrix y Clapton
y Dylan y Lennon,
y los del diamante
y los de la nave flotante,
y los de la dinamita
que explota en el infierno,
junto a los hombres de acero,
y toda esa onda Wave,
tan cool, tan puta madre,
y el rock n’ roll de los
30, 40, 50 y 60,
y mi falta de amor por lo sintético
y el gustazo por los
acústicos tipo Staley.

Todo eso es parte de nuestro himno
a los actos ridículos
y patéticos de nuestras vidas,
como pedir matrimonio,
como sacar una hipoteca,
como irse de viaje,
como hacer de todo,
como poner una piedra blanca
sobre una negra,
como llorar, mentir y decir la verdad,
como negarse,
entregarse y tocar el timbre.

Ya estás con el cabello
corto y si bebes
tragos de oferta,
los que salen con guaraná y hielo,
y más dos soles agrandas
la botella,
te cae pésimo todo el día y
al día siguiente.
Ya pides no cinco minutos
sino veinte,
y maldices no haber comido
tanto plátano esa mañana
por los calambres;
pesas en una balanza
ese momento decisivo
de cuando propones
ir a otro lado,
lo rico de un desayuno café y chicharrones,
o la resaca en un hotel
de Miraflores y el ida y venida en un taxi,
más la excusa de números
de teléfonos perdidos.

Entiendes ya tu soledad,
dices no es tan mala como parece,
al contrario,
te vuelves más de leer memorias
de tipos de post guerra,
que novelas de tiempos de Goethe;
no aguantas pulgas,
y poco a poco entiendes tu naturaleza
como así lo entienden clarísimo
los perros y gatos,
y si te indignas es por qué es una
indignación real,
y si te sensibilizas es por qué también
es una sensibilización real,
no tan descabellada
como la de los ancianos,
ni tan pueril como la de un adolescente,
sino como el segundo o cuarto disco
de la mejor banda de rock.
Con esos dioses metiéndose por tus oídos no es extraño que salga toda esa materia constitutiva. Un saludo, Bartleby.
 

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