BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay demasiado sol
corona vieja que ocupa un traje
distinguida presencia en la oscuridad del día
mientras, en la espera contraria,
abundan los lobos como persianas sin bisagras.
Contenedores de eméticos
paisajes desoladores que embridan
su testamento a los pezones electrificados.
Un viejo sol y una maleta
inmóviles pivotes que tragan su sustancia.
Mi piel se pone llena de luz
como en un viejo aquelarre de gente gorda
y obesa.
Hay exceso de sol
sombríos armarios que llenan
su madrugada de hijas de doncellas,
paulatinamente enmendadas por sus ayos
que aguardan a ser propietarios de sus sueños.
Hay sol y estrellas y luna
grilletes de la bondadosa luz
como un tesoro hundido.
II-.
Muchos párpados destierran la idea
de asombrarse por los pájaros de tierra.
Muchos, muchos de ellos, nombran
con un apéndice del dedo, la excrecencia
que vuela en un ojo de madera.
En la tierra crecen las libélulas
con la larga nariz operada por tubos escayolados,
que ponen muletas y equilibrios
en los culos orondos de las señoritas.
Nunca aprenderán. Son doncellas
meticulosas secuestradas por su ímpetu juvenil.
Y en los labios, en los lavabos, perdidamente,
sufren de agonía los espejos del sueño.
III-.
Nunca soñarán, son vaivenes de árboles,
sus delicadas manos soñolientas, sus corpulentas
flores de terciopelo raso. Serpientes, los dedos
que acompañan como rosas los anillos voltaicos.
Se duermen junto a la ribera, dueñas de un ímpetu
que florece sólo en primavera. Y mueren jóvenes,
y nunca se preguntan.
©
corona vieja que ocupa un traje
distinguida presencia en la oscuridad del día
mientras, en la espera contraria,
abundan los lobos como persianas sin bisagras.
Contenedores de eméticos
paisajes desoladores que embridan
su testamento a los pezones electrificados.
Un viejo sol y una maleta
inmóviles pivotes que tragan su sustancia.
Mi piel se pone llena de luz
como en un viejo aquelarre de gente gorda
y obesa.
Hay exceso de sol
sombríos armarios que llenan
su madrugada de hijas de doncellas,
paulatinamente enmendadas por sus ayos
que aguardan a ser propietarios de sus sueños.
Hay sol y estrellas y luna
grilletes de la bondadosa luz
como un tesoro hundido.
II-.
Muchos párpados destierran la idea
de asombrarse por los pájaros de tierra.
Muchos, muchos de ellos, nombran
con un apéndice del dedo, la excrecencia
que vuela en un ojo de madera.
En la tierra crecen las libélulas
con la larga nariz operada por tubos escayolados,
que ponen muletas y equilibrios
en los culos orondos de las señoritas.
Nunca aprenderán. Son doncellas
meticulosas secuestradas por su ímpetu juvenil.
Y en los labios, en los lavabos, perdidamente,
sufren de agonía los espejos del sueño.
III-.
Nunca soñarán, son vaivenes de árboles,
sus delicadas manos soñolientas, sus corpulentas
flores de terciopelo raso. Serpientes, los dedos
que acompañan como rosas los anillos voltaicos.
Se duermen junto a la ribera, dueñas de un ímpetu
que florece sólo en primavera. Y mueren jóvenes,
y nunca se preguntan.
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