Mi todo es la constante que llega
desde tu cuerpo encendido
de la policromía del invierno
y de la viruta
que deja su temblor
en el blanco zócalo
que soporta la sencillez lluvia.
Tu paso
es aquella tibieza prolongada
que espera del ovario sibilino
tu nombre
tu sonrisa de niña, la constante ola
que es un catión de luz
dejando un río puro de alegría.
El silencio encierra en su memoria
cinceles que conversan palabras orilladas
en un desierto intensamente azul.
La tarde oblicua
soporta la ausencia que transita
por encima de las ramas;
el humus de tu hora
como un cordel de luz
abraza la imagen que borbota
un color de labio encendido.
Son las horas nacientes
rústicos pálpitos
al amparo de tu forma,
son tus piernas las que caminan
por los flácidos suburbios
de mi alma,
enmaderado páramo
y lucha transparente
por el deseo humedecido.
El beso que baja
a entibiar el estertor de tu silencio
es el todo
clavado en la ingle,
media docena de días
buscando entre los pájaros mujos
el desorden de mi habitación.
Mi todo es tu forma absoluta
de ser
la noche lechosa
el cuerpo y las sombras
que nunca dejan de soñar.
Eban
(Junio del 2020)
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