Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Se derrama la miel sobre la mesa,
dos moscas que no paran de golpearse
contra el cristal de la ventana
se acercan, inquietas,
en un extraño deseo
de hundir patas, antenas, aire
en esa piel pegajosa, untosa
de cálido ámbar
como fósiles de un tiempo retenido,
se miran
en el placentero engaño,
acaso hay en ellas
sueños de pasados remotos
donde la sangre de cipreses
les hablan
quedamente,
de vidas eternas, pero efímeras.
Los labios
son acciones de unir los engranajes
de una máquina imperfecta
pero extraña, armoniosa
y dulce;
dentro de un marco
revitalizan fotos antiguas
amarillas, cargadas
de todo ese espacio
que se estrecha
cuando se entrelazan manos,
el vértice
simplemente
de unas uñas.
La miel calma
golpes en los cristales
sin quebrantos,
deja
que los relojes de muñeca
hablen entre sí
en silencio.
