Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Escribo una mujer con el río
que no termina de pasar por mis manos.
La música comienza a suceder en sus ojos:
faros y muelles alternan sus párpados.
Ella viene de su mirada,
cementerio de olas nocturnas,
mecimiento de la inmensidad,
estuario de la mañana.
Por donde el pez se hace espuma,
el mar enuncia su boca y su boca es profunda,
y ella sale a flote en su palabra.
El más nublado de sus labios
promete llover en el desierto;
el otro expande una sandía
y busca un beso de cuarzo.
En su pecho amanece la receta
para hacer un sol con avellanas.
Las ocho sin manecillas son un árbol de su ombligo;
el cenit, una fiesta;
al atardecer, un misterio de catedral y té humeante.
De la gestión del viento en su falda
surgen estepas y aromas polisílabos.
Un ensimismamiento de pliegues panorámicos
ocurre en el hemisferio donde se teje el arte
que la acerca a la luz de estrellas muertas:
ella es la grieta fecunda del universo,
el sitio de llegada de su pasado,
la estación abreviada de sus instantes,
el permanecer sedente de la gloria.
Los pies que incendian el esmalte de sus pasos
tienen la trayectoria mineral del silencio a la chispa.
Del ser al estar.
Del nombrar al aparecer en su nombre,
semillero de firmamentos y de balcones.
Me escribe una mujer
que leo como un río que veo con las manos
y que aprendo con los ojos cerrados.
que no termina de pasar por mis manos.
La música comienza a suceder en sus ojos:
faros y muelles alternan sus párpados.
Ella viene de su mirada,
cementerio de olas nocturnas,
mecimiento de la inmensidad,
estuario de la mañana.
Por donde el pez se hace espuma,
el mar enuncia su boca y su boca es profunda,
y ella sale a flote en su palabra.
El más nublado de sus labios
promete llover en el desierto;
el otro expande una sandía
y busca un beso de cuarzo.
En su pecho amanece la receta
para hacer un sol con avellanas.
Las ocho sin manecillas son un árbol de su ombligo;
el cenit, una fiesta;
al atardecer, un misterio de catedral y té humeante.
De la gestión del viento en su falda
surgen estepas y aromas polisílabos.
Un ensimismamiento de pliegues panorámicos
ocurre en el hemisferio donde se teje el arte
que la acerca a la luz de estrellas muertas:
ella es la grieta fecunda del universo,
el sitio de llegada de su pasado,
la estación abreviada de sus instantes,
el permanecer sedente de la gloria.
Los pies que incendian el esmalte de sus pasos
tienen la trayectoria mineral del silencio a la chispa.
Del ser al estar.
Del nombrar al aparecer en su nombre,
semillero de firmamentos y de balcones.
Me escribe una mujer
que leo como un río que veo con las manos
y que aprendo con los ojos cerrados.
01 de agosto de 2014
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