Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Era muy inteligente en sus mejores épocas; cualquier cosa que yo le preguntara, rápido y acertado la respondía. Cuando vibraba de emoción, atendía su llamado y pasábamos noches enteras sin dormir, aunque también tuvimos horas de desesperación en que no hacíamos más que mirarnos en silencio.
Ese era mi teléfono móvil, útil y buen compañero de gama media. Pero un día su comportamiento comenzó a ser errático: se quedaba pasmado a mitad de una tarea, lucía confundido, no respondía a mis estímulos táctiles y por momentos parecía desfallecer. El terrible diagnóstico: memoria saturada.
Fui a WhatsApp, abrí una conversación archivada meses atrás y ejecuté la operación pertinente: extirpar dos años y medio de mensajes que invadían 28.6 gigabytes de almacenamiento. El teléfono volvió del coma lleno de vitalidad y actualizaciones, pero nuestra amistad no volvió a ser la misma.
Me llevará más tiempo encontrar mi propio botón de borrar.
Ese era mi teléfono móvil, útil y buen compañero de gama media. Pero un día su comportamiento comenzó a ser errático: se quedaba pasmado a mitad de una tarea, lucía confundido, no respondía a mis estímulos táctiles y por momentos parecía desfallecer. El terrible diagnóstico: memoria saturada.
Fui a WhatsApp, abrí una conversación archivada meses atrás y ejecuté la operación pertinente: extirpar dos años y medio de mensajes que invadían 28.6 gigabytes de almacenamiento. El teléfono volvió del coma lleno de vitalidad y actualizaciones, pero nuestra amistad no volvió a ser la misma.
Me llevará más tiempo encontrar mi propio botón de borrar.