Aceras movedizas

Felipe Antonio Santorelli

Poeta que considera el portal su segunda casa
Ya se alejan las inmóviles aceras
con los pasos de la gente aglomerada
y se alejan las aceras aledañas
con fronteras ciudadanas de cemento.
Y la piedra del cemento que se asienta
ni se mueve
ni consiente que se muevan las aceras
las aceras que se alejan con su gente
de la fuente de mi sano entendimiento.

Las aceras movedizas no pretenden
encontrarse con mi falsa comprensión
y alienadas, taciturnas,
lastimadas, contumaces,
me derrotan, me derriten, me disuelven
como azúcar bajo lluvias invernales.

Y así entro a las iglesias sin permiso
y las misas se disparan sin cesar
y bendito aquél que llora sin consuelo
y bendito aquél que grita sin aliento
sin descanso, sin alivio, sin sosiego.
Y bendito aquél que rumia su pesar.

Me dispongo a abrir la boca para hablar
y una ostia me la calla dulcemente
desde el cuerpo con la sangre del Mesías
que en mi lengua se disuelve contingente.
Alabado aquel que viene desde el Reino
alabado el invitado a la reunión.

Y saliendo de los templos misteriosos
en las calles todo vuelve a lo normal.
El normal frenetismo cotidiano
la normal apremiante agitación
la normal ansiedad perturbadora
la normal vertiginosa conmoción
y el infarto a la vuelta de la esquina
y el frecuente carcinoma de pulmón.

Las aceras que se alejan sin moverse
llevan gente sin un rumbo definido
y me siento, sin sentarme y sin sentirme,
yo me siento afortunado al menos hoy.
 
Última edición:
Ya se alejan las inmóviles aceras
con los pasos de la gente aglonerada
y se alejan las aceras aledañas
con fronteras ciudadanas de cemento.
Y la piedra del cemento que se asienta
ni se mueve
ni consiente que se muevan las aceras
las aceras que se alejan con su gente
de la fuente de mi sano entendimiento.

Las aceras movedizas no pretenden
encontrarse con mi falsa comprensión
y alienadas, taciturnas,
lastimadas, contumaces,
me derrotan, me derriten, me disuelven
como azúcar bajo lluvias invernales.

Y así entro a las iglesias sin permiso
y las misas se disparan sin cesar
y bendito aquél que llora sin consuelo
y bendito aquél que grita sin aliento
sin descanso, sin alivio, sin sosiego.
Y bendito aquél que rumia su pesar.

Me dispongo a abrir la boca para hablar
y una ostia me la calla dulcemente
desde el cuerpo con la sangre del Mesías
que en mi lengua se disuelve contingente.
Alabado aquel que viene desde el Reino
alabado el invitado a la reunión.

Y saliendo de los templos misteriosos
en las calles todo vuelve a lo normal.
El normal frenetismo cotidiano
la normal apremiante agitación
la normal ansiedad perturbadora
la normal vertiginosa conmoción
y el infarto a la vuelta de la esquina
y el frecuente carcinoma de pulmón.

Las aceras que se alejan sin moverse
llevan gente sin un rumbo definido
y me siento, sin sentarme y sin sentirme,
yo me siento afortunado al menos hoy.


Ser afortunado un día es un trofeo para la historia personal, lograrlo en estos tiempos es una gran proeza.
Gusto encontrar tu inspiración
Felipe, saludos cordiales.
 
Ser afortunado un día es un trofeo para la historia personal, lograrlo en estos tiempos es una gran proeza.
Gusto encontrar tu inspiración
Felipe, saludos cordiales.

Gracias paisana por tu amable comentario. Abrazos siderales desde mi pequeño rincón del mágico multiverso con mi corazón en la mano y mi sonrisa en tus veredas
 

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