Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Nunca había subido unas escaleras
porque en el lugar de donde procedía
no se precisaban,
las viviendas tenían sólo una planta
y no se levantaban torres que exigieran
alguna manera audaz para llegar a lo más alto.
El terreno ilimitado y plano
como lomo de serpiente
se extendía cultivado de trigos y viñedos,
un río perezoso y discreto
regaba sin interés huertas
de las que se abastecía la población entera,
rebaños de vacas y ovejas
pastaban a sus anchas sin cercas
que limitaran sus caprichos culinarios.
Lejos de cualquier sitio
hombres y mujeres vivían
sin enemigos y sin miedo.
Nadie quería apoderarse
de esa soledad de ermita y camposanto
con tanto espacio para morir en calma.
Varios años seguidos de sequía
hicieron sin embargo adelgazar al río
incapaz de mantener las huertas
que proveían de alimento al hombre
y su familia.
Con las razones del hambre
prendidas con alfileres
marcharon
adonde ya la vista no llegaba
a dibujar el horizonte.
Les recibió la ciudad
Un gran muro de ladrillo y cemento,
un mar de espumas y de cambios.
Todos allí vivían
del grito constante de las olas
y de esos moradores agitados de sus fondos.
En un promontorio cercano
un faro irradiaba una luz
de alcoba sin ventanas.
Nada parecía existir al otro lado.
El hombre con esa ansia de lo nuevo
subió las escaleras,
eran los dientes
de un gran árbol de metal hambriento
con la necesidad
de morder las nubes aún sin lágrimas.