Asklepios
Incinerando envidias
Recibí un fuerte olor a nueces al abrir la puerta. Imaginé un campo sano, repleto de aire limpio y agradable sol. Recogí alguna de las nueces caídas por el suelo, metiendo las que pude en los bolsillos. Salí calzándome, todavía inexperto, las madreñas y avancé por el arcén de la carretera sin más preocupación que el abrir y comer nueces hasta terminarlas. Tardé más de lo imaginado en tal ocupación, pero no me importó demasiado. Sabía que las voces y enfados por mi tardar no serían muy distintas que las habidas hasta ahora pero, en aquella ocasión, descubrieron mi indiferencia por lo que temí un cambio en su actitud hacia mí que, días más tarde, se hizo realidad cuando, mandado a recoger el ganado, regresé con el olvido de una de las vacas. ¡Y eso que sólo eran seis!
Lo usual habría sido soportar las cuatro voces de siempre y verlos salir en tropel en busca de la despistada res. No sucedió así. Ese día, me ordenaron, bajo la amenaza de no dejarme volver a dormir, ir a buscarla yo solo. No quise alimentar más aquel estado de indignación. Decidí salir de allí con el convencimiento de no volver.
Llevo cinco años, junto a la vaca que sí encontré, de paseo por las montañas y no me va nada mal. Perdonad por haber tardado tanto en escribiros pero vosotros tampoco habéis dicho ni mú.
P.D.: La vaca lo dice todos los días… y muchas veces, pero… ella no termina de aprender a escribir.
Lo usual habría sido soportar las cuatro voces de siempre y verlos salir en tropel en busca de la despistada res. No sucedió así. Ese día, me ordenaron, bajo la amenaza de no dejarme volver a dormir, ir a buscarla yo solo. No quise alimentar más aquel estado de indignación. Decidí salir de allí con el convencimiento de no volver.
Llevo cinco años, junto a la vaca que sí encontré, de paseo por las montañas y no me va nada mal. Perdonad por haber tardado tanto en escribiros pero vosotros tampoco habéis dicho ni mú.
P.D.: La vaca lo dice todos los días… y muchas veces, pero… ella no termina de aprender a escribir.