Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Solo soy tierra, no más que un barbecho
apostando a saciar la sed del universo, con el agua
que guarda en sus entrañas.
Cuando sembraron mentiras en los surcos de mi psique,
éstas dieron frutos.
Germinaron torres inclinadas y estos muros derruidos
que vomitan grafitis, como escombros en la acera.
Germinaron en los verbos, haches mudas,
y las gramáticas complejas para decir cosas sencillas.
Y el embustero caminó erecto como las especies que hacen daño.
Germinaron también las copas de la ira, los caminos
y todos sus antónimos, como el abrazo entre enemigos
con proyectos aún vigentes y sus lápices con filo.
Mis ojos se negaban a ver lo que veían;
y de los espectros del color, surgía el miedo,
con esa dinámica terrible que hace que todo se desplace.
(Los pueblos se licuan y arrasan las ciudades,
y los hombres vacuos rasgan la tela del espacio
en busca de mejores adversarios, para discurrir
en aceros más cortantes).
El miedo no es más que la nota concertada por todos los destierros.
Cuando el sol te intenta descifrar, tus quimeras
lo tornan alquitrán, y sobre el suelo,
como una glosa que aclara que estás vivo
a pesar de tus esfuerzos, por poco te reinventa.
Y un día adviertes que la sombra llega armada, y que te apunta a la cabeza
–tenso el percutor– para consumar su destino ineluctable.
Entonces, un milisegundo es un abismo, y un siglo el instante que transitas.
Entonces, tu voz se dibuja en las murallas
con todos los rasgos que en el barbecho concebías.
Y en las torres encorvadas
germinan de nuevo los espíritus que aploman las paredes…
Y en las erratas, la correcta puntuación,
sin exceptuar las tildes de tu propia perspectiva.
Y al fin firmas las cosechas con tu nombre
en presente y en futuro, con la tinta que recorre tus arterias.
Mientras tanto, los alias adoptan las formas del pretérito,
como las adoptan también, las cosas que han sido perdonadas.
apostando a saciar la sed del universo, con el agua
que guarda en sus entrañas.
Cuando sembraron mentiras en los surcos de mi psique,
éstas dieron frutos.
Germinaron torres inclinadas y estos muros derruidos
que vomitan grafitis, como escombros en la acera.
Germinaron en los verbos, haches mudas,
y las gramáticas complejas para decir cosas sencillas.
Y el embustero caminó erecto como las especies que hacen daño.
Germinaron también las copas de la ira, los caminos
y todos sus antónimos, como el abrazo entre enemigos
con proyectos aún vigentes y sus lápices con filo.
Mis ojos se negaban a ver lo que veían;
y de los espectros del color, surgía el miedo,
con esa dinámica terrible que hace que todo se desplace.
(Los pueblos se licuan y arrasan las ciudades,
y los hombres vacuos rasgan la tela del espacio
en busca de mejores adversarios, para discurrir
en aceros más cortantes).
El miedo no es más que la nota concertada por todos los destierros.
Cuando el sol te intenta descifrar, tus quimeras
lo tornan alquitrán, y sobre el suelo,
como una glosa que aclara que estás vivo
a pesar de tus esfuerzos, por poco te reinventa.
Y un día adviertes que la sombra llega armada, y que te apunta a la cabeza
–tenso el percutor– para consumar su destino ineluctable.
Entonces, un milisegundo es un abismo, y un siglo el instante que transitas.
Entonces, tu voz se dibuja en las murallas
con todos los rasgos que en el barbecho concebías.
Y en las torres encorvadas
germinan de nuevo los espíritus que aploman las paredes…
Y en las erratas, la correcta puntuación,
sin exceptuar las tildes de tu propia perspectiva.
Y al fin firmas las cosechas con tu nombre
en presente y en futuro, con la tinta que recorre tus arterias.
Mientras tanto, los alias adoptan las formas del pretérito,
como las adoptan también, las cosas que han sido perdonadas.