Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
I
Todo el rencor del mundo anidó en el aire de la ciudad tranquila
y un dios infecto como una epidemia
lo inoculó en los hombres que cortaban lenguas.
Asesinada la palabra, solo quedaron el polvo, los cuervos
y una juventud envuelta en ataúdes fluyendo hacia un mar angosto y glotón.
II
Un estruendo de metal aéreo quebró para siempre
el paisaje tranquilo de los días
y al doblar la esquina
una garra feroz de escombro
hizo tambalear mi niñez. Lo sé,
porque el corazón se agotaba en cada latido
siguiendo el curso púrpura de las calzadas,
mientras rebotaban disparos por las paredes del aire
donde a la misma hora del recreo
se derrumbaba el edificio de los niños
y el llanto se transformaba en campana de silencio
entre las piedras de una ciudad desolada
que no sabe lo que es un sueño y sí, en cambio,
la fría mano de las balas o las rosas esparcidas de una bomba
o la risa congelada de la muerte.
III
Hoy no me importa que el silencio me susurre
las canciones de cuna más tristes.
Conozco su juego, sus matices
y los prefiero a la luz que cada día crea un mundo
que ha dejado de existir,
presidido ahora por acontecimientos funerarios
y un agua desencadenada por lamentos y sollozos
que aún sigo escuchando como un eco podrido por el tiempo;
pues tras la esquina, rota a conciencia por manadas genocidas,
se vislumbra un decorado inhóspito y pétreo
bajo un cielo de minas donde yo, su desolado habitante,
espero a que la fría noche me devore
para alimentarme de camino.
Un silencio fiel me acompaña avisándome
de las sombras como espadas
que acechan mi vago deseo de llegar a alguna parte.
IV
Después del loco frenesí de fuego y polvo,
todo se detuvo como un aliento desaparecido
tras la esquina rota de cuyos balcones
colgaban esos muertos terribles.
Las piezas de mi vida anterior
se esparcieron como animales deshechos
y solo quedó la turbia espera del silencio expandiéndose
como un jardín de rosas carnívoras
y de los días levantándose con los párpados desplomados
hasta que mis ojos se hicieron a una noche sonando
a derrumbe y a paisaje desenfocado.
Ya no quiero recordar la casa y la calle,
el color de sus ojos cálidos y sus cabellos
como brazos amorosos, la esquina de los besos,
los números todos y los teléfonos.
Es tan grande el dolor,
que he abolido el pasado y olvidado mi nombre.
V
De lo sonoro nace el día y yo,
sombra recién huyendo con los ojos que se cierran,
busco la madriguera del murciélago.
Son las horas malignas de los ladrones alquimistas
que transforman órganos en oro
y de las hordas intransigentes que inoculan dioses asesinos
y del más cruel de todos
que, como un rey de reyes, alardea
de sembrar la tierra con masacres, derrumbes y niños insepultos.
VI
Me he quedado dormido en el dolor de una noche en vela.
Un reloj descuartizado canta las horas locamente,
sin saber si es tarde o temprano,
porque desconoce la medida del tiempo.
Cuando la noche vuelva a caer sobre las ruinas del mundo
vigilará el mar de los naufragios como un ladrón,
pues sabe que los barcos están secuestrados
y no hay pañuelos ondeando alegres
ni cristales en las ventanas.
Indefenso, sueño que he estado muchas veces
en la inmensa soledad de un mar profundo
hablando sin parar con los muertos.
Quizás, cuando caiga la noche no note el frío que ahora siento
ni se desplome el silencio como un estómago vacío sobre mis ojos.
VII
Violentamente arrancado, echo a faltar un suelo amigo,
un horizonte abierto, un río que apague el fuego que seca mi boca
y pido perdón a mi corazón
por los escalofríos y el abismo que de tanto en tanto me alcanzan.
Atrás quedaron las manos protectoras
que me alejaban de los acantilados,
desaparecidas tal vez al doblar la esquina.
Estoy solo y solo he recorrido más de mil leguas,
entre montañas de cadáveres y puertas con cerrojos
y alambres como cuchillos,
buscando la palabra sin miedo y la luz completa
y el aire envuelto en música;
mas únicamente he hallado un país inmóvil,
cerrado y terriblemente frío
donde la mugre se adhiere al corazón de los hombres
y al aire que respiran y a las palabras que dicen y a los objetos que tocan.
Las agujas de mis ojos -yo, locamente herido-
persisten con su labor de lágrima tejiendo sueños en el vacío.
No hay tregua cuando las abyectas sombras
de la historia siguen devorando el vuelo de las mariposas
y apagando de la palabra su júbilo.
Los hombres turbios de las terribles ganancias
ya están diseñando con los cuerpos esparcidos y la sangre aún sin coagular
la nueva ciudad, destruida al doblar la esquina.
VIII
En plena canción de cuna o arrastrando nombres a la arena
el mar siempre sale bien en las fotografías
y como un sueño se cuela en las conversaciones
abarcando todos los ojos.
Solo me queda el mar, pero un mar sin niños dorados
en su playa es negro como una boca que engulle los gritos.
Sueño que todo es nuevo y yo soy un niño dorado
en una playa amable sin gente esquiva ni coleccionistas de muros,
que saben de mi piel y de mis labios dibujando otro idioma
y quieren conocerme a mí,
residuo de mar que huele a frío de sal y olvido.
IX
Indefenso, desde los márgenes borrascosos
de un espacio fronterizo llegué con el único deseo
de alcanzar una playa amiga para seguir siendo un niño,
aunque ya nadie se acuerda de mi fama repentina
como resto sin vida de un naufragio.
Todo el rencor del mundo anidó en el aire de la ciudad tranquila
y un dios infecto como una epidemia
lo inoculó en los hombres que cortaban lenguas.
Asesinada la palabra, solo quedaron el polvo, los cuervos
y una juventud envuelta en ataúdes fluyendo hacia un mar angosto y glotón.
II
Un estruendo de metal aéreo quebró para siempre
el paisaje tranquilo de los días
y al doblar la esquina
una garra feroz de escombro
hizo tambalear mi niñez. Lo sé,
porque el corazón se agotaba en cada latido
siguiendo el curso púrpura de las calzadas,
mientras rebotaban disparos por las paredes del aire
donde a la misma hora del recreo
se derrumbaba el edificio de los niños
y el llanto se transformaba en campana de silencio
entre las piedras de una ciudad desolada
que no sabe lo que es un sueño y sí, en cambio,
la fría mano de las balas o las rosas esparcidas de una bomba
o la risa congelada de la muerte.
III
Hoy no me importa que el silencio me susurre
las canciones de cuna más tristes.
Conozco su juego, sus matices
y los prefiero a la luz que cada día crea un mundo
que ha dejado de existir,
presidido ahora por acontecimientos funerarios
y un agua desencadenada por lamentos y sollozos
que aún sigo escuchando como un eco podrido por el tiempo;
pues tras la esquina, rota a conciencia por manadas genocidas,
se vislumbra un decorado inhóspito y pétreo
bajo un cielo de minas donde yo, su desolado habitante,
espero a que la fría noche me devore
para alimentarme de camino.
Un silencio fiel me acompaña avisándome
de las sombras como espadas
que acechan mi vago deseo de llegar a alguna parte.
IV
Después del loco frenesí de fuego y polvo,
todo se detuvo como un aliento desaparecido
tras la esquina rota de cuyos balcones
colgaban esos muertos terribles.
Las piezas de mi vida anterior
se esparcieron como animales deshechos
y solo quedó la turbia espera del silencio expandiéndose
como un jardín de rosas carnívoras
y de los días levantándose con los párpados desplomados
hasta que mis ojos se hicieron a una noche sonando
a derrumbe y a paisaje desenfocado.
Ya no quiero recordar la casa y la calle,
el color de sus ojos cálidos y sus cabellos
como brazos amorosos, la esquina de los besos,
los números todos y los teléfonos.
Es tan grande el dolor,
que he abolido el pasado y olvidado mi nombre.
V
De lo sonoro nace el día y yo,
sombra recién huyendo con los ojos que se cierran,
busco la madriguera del murciélago.
Son las horas malignas de los ladrones alquimistas
que transforman órganos en oro
y de las hordas intransigentes que inoculan dioses asesinos
y del más cruel de todos
que, como un rey de reyes, alardea
de sembrar la tierra con masacres, derrumbes y niños insepultos.
VI
Me he quedado dormido en el dolor de una noche en vela.
Un reloj descuartizado canta las horas locamente,
sin saber si es tarde o temprano,
porque desconoce la medida del tiempo.
Cuando la noche vuelva a caer sobre las ruinas del mundo
vigilará el mar de los naufragios como un ladrón,
pues sabe que los barcos están secuestrados
y no hay pañuelos ondeando alegres
ni cristales en las ventanas.
Indefenso, sueño que he estado muchas veces
en la inmensa soledad de un mar profundo
hablando sin parar con los muertos.
Quizás, cuando caiga la noche no note el frío que ahora siento
ni se desplome el silencio como un estómago vacío sobre mis ojos.
VII
Violentamente arrancado, echo a faltar un suelo amigo,
un horizonte abierto, un río que apague el fuego que seca mi boca
y pido perdón a mi corazón
por los escalofríos y el abismo que de tanto en tanto me alcanzan.
Atrás quedaron las manos protectoras
que me alejaban de los acantilados,
desaparecidas tal vez al doblar la esquina.
Estoy solo y solo he recorrido más de mil leguas,
entre montañas de cadáveres y puertas con cerrojos
y alambres como cuchillos,
buscando la palabra sin miedo y la luz completa
y el aire envuelto en música;
mas únicamente he hallado un país inmóvil,
cerrado y terriblemente frío
donde la mugre se adhiere al corazón de los hombres
y al aire que respiran y a las palabras que dicen y a los objetos que tocan.
Las agujas de mis ojos -yo, locamente herido-
persisten con su labor de lágrima tejiendo sueños en el vacío.
No hay tregua cuando las abyectas sombras
de la historia siguen devorando el vuelo de las mariposas
y apagando de la palabra su júbilo.
Los hombres turbios de las terribles ganancias
ya están diseñando con los cuerpos esparcidos y la sangre aún sin coagular
la nueva ciudad, destruida al doblar la esquina.
VIII
En plena canción de cuna o arrastrando nombres a la arena
el mar siempre sale bien en las fotografías
y como un sueño se cuela en las conversaciones
abarcando todos los ojos.
Solo me queda el mar, pero un mar sin niños dorados
en su playa es negro como una boca que engulle los gritos.
Sueño que todo es nuevo y yo soy un niño dorado
en una playa amable sin gente esquiva ni coleccionistas de muros,
que saben de mi piel y de mis labios dibujando otro idioma
y quieren conocerme a mí,
residuo de mar que huele a frío de sal y olvido.
IX
Indefenso, desde los márgenes borrascosos
de un espacio fronterizo llegué con el único deseo
de alcanzar una playa amiga para seguir siendo un niño,
aunque ya nadie se acuerda de mi fama repentina
como resto sin vida de un naufragio.