Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un bebé abandonado a las puertas de un orfelinato
no supone un gran problema para el mundo,
¿pero de qué mundo estamos hablando?
¿Qué mundo el que no permite
a una familia vivir toda junta
en paz con sus semejantes,
en paz en su misma tierra,
en paz sin tener que arrastrarse
a un país lejano y oscuro
y mendigar un pan que les cueste
la vida, repetidas veces
sobre un alambre de espinos
o un océano que olvida
una y otra vez a sus hijos
en un bote, sin anclas ni remos?
¿Qué mundo que excluye
esa humedad del viajero sin ropas,
sin tarjeta de embarque tatuada en la frente,
sin dinero a la vista o refugio que guarde
todo un mar de lágrimas que embarran su paso?
Nadie quiere ver las aceras
pobladas de cadáveres extraños,
excrementos de perros sin amos y sin collares.
Las aceras limpias, los bolsillos repletos,
coloridas chucherías para engordar a los hijos con caries,
supermercados inmensos, paisajes de postal en marcos dorados,
mariposas que abren el corazón de las rosas,
infinidad de regalos bajo el árbol navideño,
sombrillas en las playas, copas de licor en la mano,
la sonrisa perfecta.
Un bebé abandonado a las puertas de un orfelinato
no supone un gran problema para el mundo,
no será nunca portada de diarios,
¿pero de qué mundo estamos hablando?