“Quédate aquí…¡No te vayas! Me siento torpe si no estás”. Era mi última súplica antes de que se vaya. No había imaginado mi vida sin ella. Ella le daba sentido a mi vida. Todo los momentos vividos acumulados en mí, aferrándome a ella. Después de una larga soledad, Diana, fue la que me salvo de hundirme de cualquier vicio, que acabara con mi vida. Recuerdo que andaba sin rumbo, despreciando el calor de una dulce compañía. Pero el destino quiso que nos encontráramos. En una calle desierta la encontré y me di valor para hablarle. Deje mi timidez a un lado y ella me correspondió. “Ven… sígueme”, me dijo y hablamos de la vida y la amistad. Me enamoré. Y ahora se me va. Se acabó. La soledad pareciera verme venir y no sé por cuánto tiempo. ¡Hola soledad!, otra vez, fiel compañera.