Si, si era una amenaza, era una realidad. Su vida no era la de antes de ir a la guerra. Se había alistado en el Ejercito pensando que la justicia venía con violencia. Que los malos no debían salirse con las suyas. Su preparación fue eficiente y cuando hubo de actuar, lo hacía sin remordimientos. Fue a defender a su país, pero eso no fue todo. Después de haber acribillado a más de una decena de enemigos, el drama vendría luego. Llegado a su país con honores, sentía una sensación extraña de culpabilidad. De un repentino arrepentimiento. Esa noche no podía dormir, y si lo hacía, las pesadillas lo ametrallaban sin piedad. Ya no era el mismo. Cada mañana cuando limpiaba su arma, pensaba: por qué no acabar con esto de una vez. Y en una de esas mañanas, no pudo más, y acabo con su vida.