Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
La vereda va bordeando el río. La rumorosidad del agua acompaña al caminante. Entre las zarzas y las retamas se acierta ver, de vez en cuando el agua. Un poco más adelante, unos chopos, robustos y altos marcan el devenir del sendero; a su sombra se camina con el ánimo que da su frescura. Allá a lo lejos, tras unas tierras dedicadas a huerta, se alza un hórreo. En uno de sus grandes pegollos, se sienta un mozo, que toca la gaita. Su son se apodera del espacio y trae como un aire antiguo, de fiesta, las notas alegres y vibrantes de sus melodías. El paso intenta acomodarse a la música que llega y aparece un caminar airoso y alegre.
Camino adelante se ve el lateral norte de una iglesia. Son esas iglesias pegadas a la tierra, llenas de encanto, que incitan al recogimiento. Románico rural que, afortunadamente, todavía abunda por estos lares. El camino desemboca en un claro, diríamos que es una plaza si algún edificio, además del religioso la limitase. En el claro, se alza un tejo centenario. Extiende sus ramas, todavía poderosas, cubriendo gran parte del claro. Su tronco rugoso y tosco da señal de su edad avanzada. A su sombra, durante muchos años se celebraban los concejos abiertos del pueblo que se ve un poco más adelante. La campana de la iglesia, tañida por las manos sabias del campanero, quien conocía todos los toques, tocaba a concejo y las gentes acudían a debatir aquellos asuntos que eran de interés para la villa.
La iglesia, recogida, presenta una torre-pórtico que da acceso a una portada por la que se accede al interior. En este momento, la iglesia está cerrada. La portada, ofrece al visitante una puerta, con arquivoltas que apoyan sobre capiteles y estos a su vez, sobre columnas.
Un capitel me llama la atención. Una mujer, ricamente ataviada, se despide de un caballero, que va de caza con su halcón en el puño, dándole un beso. Cuentan las leyendas que se refiere a la despedida de la esposa al rey que va a cazar y que será muerto por un oso. Yo prefiero ver lo que hay en el momento que recoge el capitel, el beso enamorado de una mujer que despide a su caballero. Esa imagen de amor cortés, ese amor que se entrega sin medida, que fue inspiración de damas y caballeros en la Edad Media. Amor sin doblez que mereció ser colocado a la puerta de una iglesia.
Se levanta un aire frío y decido recoger mis cosas y volver hacia mi casa. Por el trayecto, una y otra vez vienen a mi memoria la dama y el caballero.
Camino adelante se ve el lateral norte de una iglesia. Son esas iglesias pegadas a la tierra, llenas de encanto, que incitan al recogimiento. Románico rural que, afortunadamente, todavía abunda por estos lares. El camino desemboca en un claro, diríamos que es una plaza si algún edificio, además del religioso la limitase. En el claro, se alza un tejo centenario. Extiende sus ramas, todavía poderosas, cubriendo gran parte del claro. Su tronco rugoso y tosco da señal de su edad avanzada. A su sombra, durante muchos años se celebraban los concejos abiertos del pueblo que se ve un poco más adelante. La campana de la iglesia, tañida por las manos sabias del campanero, quien conocía todos los toques, tocaba a concejo y las gentes acudían a debatir aquellos asuntos que eran de interés para la villa.
La iglesia, recogida, presenta una torre-pórtico que da acceso a una portada por la que se accede al interior. En este momento, la iglesia está cerrada. La portada, ofrece al visitante una puerta, con arquivoltas que apoyan sobre capiteles y estos a su vez, sobre columnas.
Un capitel me llama la atención. Una mujer, ricamente ataviada, se despide de un caballero, que va de caza con su halcón en el puño, dándole un beso. Cuentan las leyendas que se refiere a la despedida de la esposa al rey que va a cazar y que será muerto por un oso. Yo prefiero ver lo que hay en el momento que recoge el capitel, el beso enamorado de una mujer que despide a su caballero. Esa imagen de amor cortés, ese amor que se entrega sin medida, que fue inspiración de damas y caballeros en la Edad Media. Amor sin doblez que mereció ser colocado a la puerta de una iglesia.
Se levanta un aire frío y decido recoger mis cosas y volver hacia mi casa. Por el trayecto, una y otra vez vienen a mi memoria la dama y el caballero.
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