Testigos
(11.12.1989)
Al principio el mundo
era un lenguaje
de pieles.
Nos exhibíamos tersos
y sudorosos
ante nosotros
y todos.
El mediodía
se hacía insoportable
por la sed tropical:
desértica sed solar
que nos cuarteaba los labios
a punta
de sal más sal
haciendo
de las furias
el estado natural
de las tardes.
Y era allí
cuando los infinitos
comenzaban a golpearse
a volverse arena las piedras
y los ojos diamantes:
eran horas de sangre.
El atardecer pintaba
de anaranjado el sol
sin que alguien
se diera cuenta.
El crepúsculo
era el pasaporte
de la noche.
Despertábamos
saciados de espíritu
y levitábamos
hacia la Luna.
Éramos
marea
y savia
ascendiendo
salados
hasta las rocas
y los árboles.
Nos volvíamos oscuros
desaparecíamos.
Hasta que el amanecer
nos devolvía
la cualidad
de testigos.
(11.12.1989)
Al principio el mundo
era un lenguaje
de pieles.
Nos exhibíamos tersos
y sudorosos
ante nosotros
y todos.
El mediodía
se hacía insoportable
por la sed tropical:
desértica sed solar
que nos cuarteaba los labios
a punta
de sal más sal
haciendo
de las furias
el estado natural
de las tardes.
Y era allí
cuando los infinitos
comenzaban a golpearse
a volverse arena las piedras
y los ojos diamantes:
eran horas de sangre.
El atardecer pintaba
de anaranjado el sol
sin que alguien
se diera cuenta.
El crepúsculo
era el pasaporte
de la noche.
Despertábamos
saciados de espíritu
y levitábamos
hacia la Luna.
Éramos
marea
y savia
ascendiendo
salados
hasta las rocas
y los árboles.
Nos volvíamos oscuros
desaparecíamos.
Hasta que el amanecer
nos devolvía
la cualidad
de testigos.