LA DESMEMORIA
Demolidas que fueron las murallas
las rocas volvieron a sus montes
y una nueva luz bañó las calles de la ciudad sitiada.
Fugadas ya las hojas y los pámpanos
se apaciguaron las almas y revivieron los cánticos
como aladas irisaciones de las viejas abadías.
Cada sombra recuperó su cuerpo
y muchas sepulturas rieron al ver llegar al cadáver
que fue su razón de ser.
Pasó el tiempo funesto de la desmemoria
las gráciles libélulas reencontraron sus colores
y de los valles umbríos nacieron otra vez los arcoiris.
Paseó de nuevo mi mano por tu vientre, oh diosa,
y tus cabellos dorados me envolvieron
en fragancias ya olvidadas
mis dedos resucitaron tus carnaciones, tus risas.
Volvieron las almas a las marmóreas estatuas
que se entibiaron con el calor de sus fuegos.
Lívidas llamas fraguaron los antiguos ocasos
y las hojas de los árboles bailaron de nuevo
al ritmo de los céfiros.
Cálidas olas de agua amarga y de sal
se coronaron con inscripciones de espuma
que cantaban los versos dorados de los antiguos
más allá del vacío de la memoria.
Los vientos del hechizo trajeron nuevos prodigios
pulsando arpegios de mambos o salmodias
los caracoles pausados emitían brillos de babas
que recordarían su paso.
Resoplaron los corceles en relinchos espasmódicos
y las nieblas del nihilismo fraguaron atardeceres de república.
Las aguas retrocedieron dejando de nuevo al viento y a los relentes
las consejas que los viejos contaron en los llares apagados.
Era una especie de paz sin paraíso como campo sin amapolas.
Los besos tenían sabor a principio
pero los ojos deslumbrados apenas reflejaban emociones.
Era un tiempo conocido que impedía su recuerdo.
Era un tiempo que olvidaba que así empezó
densa y astuta
la pasada desmemoria.
Ilustr.: Umberto Boccioni. “La risa”. 1911
Demolidas que fueron las murallas
las rocas volvieron a sus montes
y una nueva luz bañó las calles de la ciudad sitiada.
Fugadas ya las hojas y los pámpanos
se apaciguaron las almas y revivieron los cánticos
como aladas irisaciones de las viejas abadías.
Cada sombra recuperó su cuerpo
y muchas sepulturas rieron al ver llegar al cadáver
que fue su razón de ser.
Pasó el tiempo funesto de la desmemoria
las gráciles libélulas reencontraron sus colores
y de los valles umbríos nacieron otra vez los arcoiris.
Paseó de nuevo mi mano por tu vientre, oh diosa,
y tus cabellos dorados me envolvieron
en fragancias ya olvidadas
mis dedos resucitaron tus carnaciones, tus risas.
Volvieron las almas a las marmóreas estatuas
que se entibiaron con el calor de sus fuegos.
Lívidas llamas fraguaron los antiguos ocasos
y las hojas de los árboles bailaron de nuevo
al ritmo de los céfiros.
Cálidas olas de agua amarga y de sal
se coronaron con inscripciones de espuma
que cantaban los versos dorados de los antiguos
más allá del vacío de la memoria.
Los vientos del hechizo trajeron nuevos prodigios
pulsando arpegios de mambos o salmodias
los caracoles pausados emitían brillos de babas
que recordarían su paso.
Resoplaron los corceles en relinchos espasmódicos
y las nieblas del nihilismo fraguaron atardeceres de república.
Las aguas retrocedieron dejando de nuevo al viento y a los relentes
las consejas que los viejos contaron en los llares apagados.
Era una especie de paz sin paraíso como campo sin amapolas.
Los besos tenían sabor a principio
pero los ojos deslumbrados apenas reflejaban emociones.
Era un tiempo conocido que impedía su recuerdo.
Era un tiempo que olvidaba que así empezó
densa y astuta
la pasada desmemoria.
Ilustr.: Umberto Boccioni. “La risa”. 1911
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