Manuel Bast
Poeta que considera el portal su segunda casa
¡Qué vergüenza! —pensé— después de tanto cuidarla vengo a perderla de esa forma, sobre el sucio piso de un baño público y ante un célebre desconocido, viejo y gordinflón.
—¡Hombre, relájate! no eres el primero ni serás el último en perderla, de hecho yo la perdí hace poco; aunque a decir verdad, en mi caso solo pudo disfrutar quien la tomo para sí, en esta oportunidad ambos lo hemos disfrutado —dijo con voz de satisfacción—.
—Gracias amigo, me alegra que haya sido usted quien la tomara, —respondí al ver que me acercaba mi jema más preciada, aunque húmeda y maloliente debido a las circunstancias—.
Él se dispuso a orinar, yo le dí un último vistazo antes de guardarla en mi saco y seguir mi camino al retrete.
—¡Hombre, relájate! no eres el primero ni serás el último en perderla, de hecho yo la perdí hace poco; aunque a decir verdad, en mi caso solo pudo disfrutar quien la tomo para sí, en esta oportunidad ambos lo hemos disfrutado —dijo con voz de satisfacción—.
—Gracias amigo, me alegra que haya sido usted quien la tomara, —respondí al ver que me acercaba mi jema más preciada, aunque húmeda y maloliente debido a las circunstancias—.
Él se dispuso a orinar, yo le dí un último vistazo antes de guardarla en mi saco y seguir mi camino al retrete.
Última edición: