Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Perdida la palabra, ¿qué nos queda?
¡silencio!, rueda la planta del salón olvidos
de promesas de mantenerse verde
aunque todo sea alrededor otoño.
Hojas de teléfono caídas
en madrugadas sin verbo
demasiado oscuras,
revueltas de raíces,
como resacoso mar envuelto en niebla,
que deja la cabeza sin ideas,
sin gotas de la suerte a quien las pille
en el desierto inmune a la palabra.
Perdida, con lápiz de labios impreciso,
en dentaduras demasiado juntas,
sin resquicio al aire para enarbolar banderas;
como un trapo viejo, cuelgan:
brazos, piernas, pinzas, cuerdas;
ahogando en la palabra el sonido de la letra,
inútil piel que muda en el insecto
un antes y un después, una quietud y un vuelo,
una rápida caída entre las flores.
Perdida la palabra,
la tierra sin el agua no gana consistencia
y se derrumba.
Ninguna mano es capaz
de desnudar un nombre,
si antes no llora por sus dedos,
si antes no come por sus uñas,
si antes no arrulla al silencio
abrazado a él, pegado al pecho.
¡silencio!, rueda la planta del salón olvidos
de promesas de mantenerse verde
aunque todo sea alrededor otoño.
Hojas de teléfono caídas
en madrugadas sin verbo
demasiado oscuras,
revueltas de raíces,
como resacoso mar envuelto en niebla,
que deja la cabeza sin ideas,
sin gotas de la suerte a quien las pille
en el desierto inmune a la palabra.
Perdida, con lápiz de labios impreciso,
en dentaduras demasiado juntas,
sin resquicio al aire para enarbolar banderas;
como un trapo viejo, cuelgan:
brazos, piernas, pinzas, cuerdas;
ahogando en la palabra el sonido de la letra,
inútil piel que muda en el insecto
un antes y un después, una quietud y un vuelo,
una rápida caída entre las flores.
Perdida la palabra,
la tierra sin el agua no gana consistencia
y se derrumba.
Ninguna mano es capaz
de desnudar un nombre,
si antes no llora por sus dedos,
si antes no come por sus uñas,
si antes no arrulla al silencio
abrazado a él, pegado al pecho.
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