No me mires de reojo,
ni aún cubierta
de tus brisas suaves
que rodean el mar.
También juré en tu nombre,
y fue en vano.
Al fin y al cabo,
no todos los mandamientos
permanecen grabados
en lo sagrado.
Sólo tu nombre
que brilla cuan piedra preciosa,
que dejé caer de mis manos
un día sin tiempo.
Sin eternidad.
Una vez te sentí pura,
inmaculada como el alba,
que no comienza
porque nunca se extingue.
Y tus brazos, que se estiran
en dirección al cielo,
esperando la mañana,
que tal vez ya no regrese,
y yo en el recuerdo
te abrazo profundo,
en un mar que se hunde
en el abismo.
Donde ya nada en absoluto,
puede sorprenderte.
ni aún cubierta
de tus brisas suaves
que rodean el mar.
También juré en tu nombre,
y fue en vano.
Al fin y al cabo,
no todos los mandamientos
permanecen grabados
en lo sagrado.
Sólo tu nombre
que brilla cuan piedra preciosa,
que dejé caer de mis manos
un día sin tiempo.
Sin eternidad.
Una vez te sentí pura,
inmaculada como el alba,
que no comienza
porque nunca se extingue.
Y tus brazos, que se estiran
en dirección al cielo,
esperando la mañana,
que tal vez ya no regrese,
y yo en el recuerdo
te abrazo profundo,
en un mar que se hunde
en el abismo.
Donde ya nada en absoluto,
puede sorprenderte.
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