Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mi amiga Ce vive en un barrio tranquilo, de casitas bajas con jardín y tiene un niño que se llama Manuel, aunque siempre lo llaman Manu. Todas las noches, cuando Manu se va a la cama, Ce sube a arroparlo y a leerle un cuento. A Manuel le gusta que su madre le lea, pues tiene una voz melosa y suave, dulce como el algodón de azúcar y las historias y los cuentos resultan más interesantes cuando su madre se los lee. Esta noche, Ce ha cogido un libro antiguo de historias que recogió hace tiempo un escritor del que casi nadie se acuerda. Ha colocado bien el embozo de la sábana y mullido la almohada, se ha sentado en la descalzadora y, bajo la atenta mirada de Manu, ha comenzado a leer.
“El Río Luna separa las Tierras de Oberón de las Montañas de la Sombra. Se encuentra en la parte más al norte del reino y allí se da la nieve y el frío de manera más intensa que en el resto de nuestro mágico lugar. En la Hondonada Grande, se encuentra la Nozalera, un lugar de grandes nogales, gruesos y altos que dan unas nueces sabrosas que ayudan a mantener a las ardillas en el tiempo invernal. Más hacia el río está la Acebeda, donde los acebos se cuajan de frutos rojos para alimentar a las perdices nivales o a los urogallos. Allí vive también una pequeña colonia de duendes. Son duendecillos simpáticos y traviesos a quienes les gusta corretear por el bosque, vestidos con trajes y sombreros de vivos colores. Algunas veces hacen ruidos para asustar a viajeros despistados y otras veces ayudan a los animales a encontrar cobijo cuando llega el mal tiempo. La vida trascurría tranquila, hasta que un día… Los duendes pudieron ver que los frutos de los acebos habían desaparecido y que los nogales no tenían ni una nuez. Extraños pasos se escuchaban en la zona y gritos estridentes se oían por las noches.
Así, pues, fue como los duendes acudieron al Palacio de Luz para tratar de estos sucesos con Titania y Oberón. A los reyes también les resultaron extraños aquellos hechos y dispusieron que alguien del Palacio fuese con los duendes a ver qué estaba ocurriendo. De ese modo, eligieron a Hyla y a Louis para acompañar a los duendes hasta la Hondonada Grande.
Cuando nuestros amigos llegaron, pudieron ver cómo era cierto todo lo que los duendecillos habían contado y vieron las huellas y escucharon las voces en la noche. Estaban realmente preocupados, así que a la noche siguiente, Hyla fue hasta uno de los nogales grandes, se escondió entre sus ramas y esperó a ver qué ocurría. Pasada la media noche, con el resplandor de la luna llena que lucía en ese momento en el cielo, Hyla pudo ver cómo el responsable era un trol de las montañas. Los trols son malvados, brutos, con ganas siempre de hacer daño. Aquel trol además era muy feo; tenía una enorme nariz roja, grande, como un espolón en medio de la cara. Hyla lo reconoció enseguida, era Napias, uno de los peores y más malvados dentro de los trols. Presumía de su gran nariz, como un boniato de buen tamaño encima de la boca, que le convertía en el trol más deseado por las chicas trols. Odiaba, sin que sepamos por qué, a los duendes y todo su afán era molestarlos e incluso, si podía, acabar con ellos.
Hyla voló rápidamente hasta la casa de los duendes y allí contó a éstos y a Louis lo que había descubierto. Pasaron un buen tiempo cavilando y pensando qué podrían hacer, hasta que a Louis se le ocurrió una idea.
Trabajarían de día, pues de todos es sabido que los trols tienen que estar escondidos durante el día, puesto que la luz del sol, si les toca, los convierte en piedra. Buscarían entre las ramas caídas en el bosque una grande, larga y fuerte y luego todos los trozos de madera que pudiesen encontrar. La rama grande la pulieron con cuidado hasta dejarla como un mango grueso y largo, muy consistente y fuerte. Con las otras piezas construyeron un rastrillo. La pieza mayor, serviría para enganchar el mango y fijarlo bien y con palos resistentes de pequeño tamaño, harían los dientes de aquel rastrillo. Cuando todo estuvo preparado, fueron al bosque y en el sendero que recorría el acebedo tumbaron el rastrillo. Taparon con restos de hojas y briznas de hierba el mango que quedaba colocado a lo largo del camino, y el rastrillo quedó con los dientes situados hacia arriba. Vistieron los dientes con las ropas vistosas y coloridas de los duendes y disimularon la madera con tierra y hojas de modo que al ver aquello, parecía que una cuadrilla de duendes, paseaba por la zona. En cuanto se hizo de noche, Napias apareció. Seguramente estaba buscando algo que romper o que estropear o algún animal al que fastidiar. No tardó mucho en llegar al sendero entre los acebos y… ¡cuál sería su sorpresa cuando vio a un grupo de duendes en medio del camino que parecía que estaban charlando! Echó a correr hacia ellos y se plantó a su lado en dos zancadas. Pensó que había ido tan rápido que los duendecillos no se habían enterado de su presencia. ¡Ahora iban a ver! Con su pie enorme, negro y sucio, dio un tremendo pisotón sobre aquellos duendes, pero… ¡Ay! Pisó algo puntiagudo que le hirió en el pie y eso no fue lo peor, el mango, grande y duro, con la velocidad que le dio el pisotón tan fuerte se levantó del suelo y fue a estrellarse en la mismísima nariz de Napias. El golpe fue tremendo. La nariz se le espachurró, quedando torcida y colgando sobre la mejilla izquierda de su cara. El dolor era tremendo, corrió hasta el río para lavarse su preciosa nariz, mas cuando se vio reflejado en el agua y pudo ver como había quedado de torcida y fea, lanzó un gran grito, salió corriendo y, hasta el día de hoy, no se ha vuelto a tener noticias de Napias.
Como la aventura había terminado bien, los duendes, junto con Hyla y Louis, acudieron al Palacio de Luz, donde dieron cuenta de todo lo ocurrido a los reyes. En unos días los acebos volvieron a dar frutos lo que fue muy importante para las aves del lugar. En la cueva del trol hallaron gran cantidad de nueces apiladas, que sirvieron para que los roedores del bosque no pasasen hambre.
Titania y Oberón celebraron de buena gana la solución que nuestros amigos habían dado y prepararon una fiesta. Una fiesta de esas que dan las hadas y los elfos, con mucha comida y hermosa música. Comieron, bebieron y bailaron, todos estuvieron alegres y hasta Louis se animó y tocó la vihuela.”
Manu ha entornado los ojos, le vence ya el sueño. Ce le arropa por última vez y besa su frente. “Buenas noches, tesoro”, dice mientras se aleja con una sonrisa.
“El Río Luna separa las Tierras de Oberón de las Montañas de la Sombra. Se encuentra en la parte más al norte del reino y allí se da la nieve y el frío de manera más intensa que en el resto de nuestro mágico lugar. En la Hondonada Grande, se encuentra la Nozalera, un lugar de grandes nogales, gruesos y altos que dan unas nueces sabrosas que ayudan a mantener a las ardillas en el tiempo invernal. Más hacia el río está la Acebeda, donde los acebos se cuajan de frutos rojos para alimentar a las perdices nivales o a los urogallos. Allí vive también una pequeña colonia de duendes. Son duendecillos simpáticos y traviesos a quienes les gusta corretear por el bosque, vestidos con trajes y sombreros de vivos colores. Algunas veces hacen ruidos para asustar a viajeros despistados y otras veces ayudan a los animales a encontrar cobijo cuando llega el mal tiempo. La vida trascurría tranquila, hasta que un día… Los duendes pudieron ver que los frutos de los acebos habían desaparecido y que los nogales no tenían ni una nuez. Extraños pasos se escuchaban en la zona y gritos estridentes se oían por las noches.
Así, pues, fue como los duendes acudieron al Palacio de Luz para tratar de estos sucesos con Titania y Oberón. A los reyes también les resultaron extraños aquellos hechos y dispusieron que alguien del Palacio fuese con los duendes a ver qué estaba ocurriendo. De ese modo, eligieron a Hyla y a Louis para acompañar a los duendes hasta la Hondonada Grande.
Cuando nuestros amigos llegaron, pudieron ver cómo era cierto todo lo que los duendecillos habían contado y vieron las huellas y escucharon las voces en la noche. Estaban realmente preocupados, así que a la noche siguiente, Hyla fue hasta uno de los nogales grandes, se escondió entre sus ramas y esperó a ver qué ocurría. Pasada la media noche, con el resplandor de la luna llena que lucía en ese momento en el cielo, Hyla pudo ver cómo el responsable era un trol de las montañas. Los trols son malvados, brutos, con ganas siempre de hacer daño. Aquel trol además era muy feo; tenía una enorme nariz roja, grande, como un espolón en medio de la cara. Hyla lo reconoció enseguida, era Napias, uno de los peores y más malvados dentro de los trols. Presumía de su gran nariz, como un boniato de buen tamaño encima de la boca, que le convertía en el trol más deseado por las chicas trols. Odiaba, sin que sepamos por qué, a los duendes y todo su afán era molestarlos e incluso, si podía, acabar con ellos.
Hyla voló rápidamente hasta la casa de los duendes y allí contó a éstos y a Louis lo que había descubierto. Pasaron un buen tiempo cavilando y pensando qué podrían hacer, hasta que a Louis se le ocurrió una idea.
Trabajarían de día, pues de todos es sabido que los trols tienen que estar escondidos durante el día, puesto que la luz del sol, si les toca, los convierte en piedra. Buscarían entre las ramas caídas en el bosque una grande, larga y fuerte y luego todos los trozos de madera que pudiesen encontrar. La rama grande la pulieron con cuidado hasta dejarla como un mango grueso y largo, muy consistente y fuerte. Con las otras piezas construyeron un rastrillo. La pieza mayor, serviría para enganchar el mango y fijarlo bien y con palos resistentes de pequeño tamaño, harían los dientes de aquel rastrillo. Cuando todo estuvo preparado, fueron al bosque y en el sendero que recorría el acebedo tumbaron el rastrillo. Taparon con restos de hojas y briznas de hierba el mango que quedaba colocado a lo largo del camino, y el rastrillo quedó con los dientes situados hacia arriba. Vistieron los dientes con las ropas vistosas y coloridas de los duendes y disimularon la madera con tierra y hojas de modo que al ver aquello, parecía que una cuadrilla de duendes, paseaba por la zona. En cuanto se hizo de noche, Napias apareció. Seguramente estaba buscando algo que romper o que estropear o algún animal al que fastidiar. No tardó mucho en llegar al sendero entre los acebos y… ¡cuál sería su sorpresa cuando vio a un grupo de duendes en medio del camino que parecía que estaban charlando! Echó a correr hacia ellos y se plantó a su lado en dos zancadas. Pensó que había ido tan rápido que los duendecillos no se habían enterado de su presencia. ¡Ahora iban a ver! Con su pie enorme, negro y sucio, dio un tremendo pisotón sobre aquellos duendes, pero… ¡Ay! Pisó algo puntiagudo que le hirió en el pie y eso no fue lo peor, el mango, grande y duro, con la velocidad que le dio el pisotón tan fuerte se levantó del suelo y fue a estrellarse en la mismísima nariz de Napias. El golpe fue tremendo. La nariz se le espachurró, quedando torcida y colgando sobre la mejilla izquierda de su cara. El dolor era tremendo, corrió hasta el río para lavarse su preciosa nariz, mas cuando se vio reflejado en el agua y pudo ver como había quedado de torcida y fea, lanzó un gran grito, salió corriendo y, hasta el día de hoy, no se ha vuelto a tener noticias de Napias.
Como la aventura había terminado bien, los duendes, junto con Hyla y Louis, acudieron al Palacio de Luz, donde dieron cuenta de todo lo ocurrido a los reyes. En unos días los acebos volvieron a dar frutos lo que fue muy importante para las aves del lugar. En la cueva del trol hallaron gran cantidad de nueces apiladas, que sirvieron para que los roedores del bosque no pasasen hambre.
Titania y Oberón celebraron de buena gana la solución que nuestros amigos habían dado y prepararon una fiesta. Una fiesta de esas que dan las hadas y los elfos, con mucha comida y hermosa música. Comieron, bebieron y bailaron, todos estuvieron alegres y hasta Louis se animó y tocó la vihuela.”
Manu ha entornado los ojos, le vence ya el sueño. Ce le arropa por última vez y besa su frente. “Buenas noches, tesoro”, dice mientras se aleja con una sonrisa.
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