Teo Moran
Poeta fiel al portal
En la penumbra de un instante cualquiera
veo partir las golondrinas sombreadas
sobre el tapiz de una marea otoñal.
Llego a ver a las plataneras delgadas
también caer silenciosas por el acantilado
para unirse sin miedo con las olas del mar.
¡Y en la diáspora de mi corazón herido
llevo tu nombre en la latitud de mis labios!
Porque quiero llegar a ser parte del paisaje
mientras las negras golondrinas se ahogan
en el sopor de un mar azul e inalcanzable;
quiero ver al destilado hechizo del amor
ser protagonista por un breve instante
cuando al fin las golondrinas regresen
y sean solo motas oscuras en el cielo,
una prolongada huella de nuestro destino
en la cual a ciegas vivimos y morimos.
Te amé, me amaste y de la nada
la luz se hizo más lenta de lo normal,
el espacio y el tiempo quedaron atados
al resplandor de unos interminables besos,
y las golondrinas en el cardumen del latido
dejaron de buscar al sol en el cielo
creando uno nuevo en los confines del alma
donde no hay más luz que la del amor,
y allí, en las penumbras de un otoño apagado
dejo a mi sombra sentada en el umbral
de una casa elevada sobre el acantilado,
abandono al hombre que llegó a ser feliz
con solo mirar a lo lejos al horizonte
y ver a las golondrinas jugar con los alisios
mientras a lo lejos el mar en calma espera,
reclama una nueva caricia de mis manos,
una sonrisa complacida de mi boca
sin darse cuenta que quien ahora lo mira
no es más que un hombre enamorado
que va sin rumbo tras las golondrinas negras.