(Recordando a Ormuz)
No hacen falta palabras.
Mira con mis labios el sutil escalofrío del
océano; toca con los ojos la distancia de
mis manos a tu pelo y siéntelo
deshecho sobre el piso-
como la travesura de una noche en que cargamos
con balas de amor nuestros instintos.
Una humedad terrestre nos cubría.
Nos anuló la
luna siempre estática en su cima.
Me reveló tu garganta la ficción de las arenas,
tus muslos mordían sin remedio mi voz
devorando frívolamente inviernos y colores,
espantos y razones ajenos al instante.
El fulgor.
La instantánea luz que nos convoca
para volver a nacer en los ríos paganos
con la noche y el ron echando el resto,
y tus senos que, de pronto, recombinan
la verdad espuria de las geografías.
He preferido tu sombra a las palabras.
Tu sombra felina disfrazada de espuma
que me arrastra y me arropa de las fauces del mundo
entre cangrejos y mariposas;
asomados al borde del abismo nos quisimos,
y guardaron silencio relojes y almanaques,
contigo, conmigo. Y la distancia. Nada.
No hacen falta palabras.
Mira con mis labios el sutil escalofrío del
océano; toca con los ojos la distancia de
mis manos a tu pelo y siéntelo
deshecho sobre el piso-
como la travesura de una noche en que cargamos
con balas de amor nuestros instintos.
Una humedad terrestre nos cubría.
Nos anuló la
luna siempre estática en su cima.
Me reveló tu garganta la ficción de las arenas,
tus muslos mordían sin remedio mi voz
devorando frívolamente inviernos y colores,
espantos y razones ajenos al instante.
El fulgor.
La instantánea luz que nos convoca
para volver a nacer en los ríos paganos
con la noche y el ron echando el resto,
y tus senos que, de pronto, recombinan
la verdad espuria de las geografías.
He preferido tu sombra a las palabras.
Tu sombra felina disfrazada de espuma
que me arrastra y me arropa de las fauces del mundo
entre cangrejos y mariposas;
asomados al borde del abismo nos quisimos,
y guardaron silencio relojes y almanaques,
contigo, conmigo. Y la distancia. Nada.