Khar Asbeel
Poeta fiel al portal
Se pueblan las combas de quimeras
-brazas sordas de alas translucidas-
iluminando piedra y carne
con tatuajes efímeros de astros tibios.
Caen en silencio las orlas del alba
que arden ante el ósculo lunar
y el falo inclemente del sol.
Aves de ceniza son trazos tibios
sobre los cielos esmerilados,
en fuga hacia horizontes luminosos
y promesas de eternidad.
Es canto nuevo el viento verde.
Pero la noche no se limpia
de mis venas baldías;
se torna braza insondable
hirviendo de astros feroces.
Ahora el firmamento es bosquejo
de llamas transversales
que codifican el nombre furtivo
de dioses subrepticios.
Me siento transfigurado, transcendido,
en chispa ingrávida, abstracta,
sublimada hacia orbes más profundas,
en eternidades soñadas por centurias
fenecidas en sueños de profetas
y diálogos de fantasmas sin contorno.
Y aun arde la noche en mis pupilas.
Pasan sombras de dominaciones,
serafines enjoyados de llamas,
besando el rigor del mediodía,
perdiéndose en la vorágine de luz.
El cielo es trono de eternidad cristalizada.
Miramos, ciegos de polvo y números,
sin entender la cabalidad de este milagro,
prefiriendo escribir nombres en el barro
antes de henchir la vida de llamas y gloria.
Somos el grito que muere anticipado,
el dolor petrificado del remoto Edén.
Pero somos más que un paréntesis estéril
y una carne estregada a la erosión;
somos herencia de llamas,
soles que germinan en lo abisal,
germen de dioses y de mitos,
semillas de nuevos mundos
e infinitudes en policromías beatificadas.
-brazas sordas de alas translucidas-
iluminando piedra y carne
con tatuajes efímeros de astros tibios.
Caen en silencio las orlas del alba
que arden ante el ósculo lunar
y el falo inclemente del sol.
Aves de ceniza son trazos tibios
sobre los cielos esmerilados,
en fuga hacia horizontes luminosos
y promesas de eternidad.
Es canto nuevo el viento verde.
Pero la noche no se limpia
de mis venas baldías;
se torna braza insondable
hirviendo de astros feroces.
Ahora el firmamento es bosquejo
de llamas transversales
que codifican el nombre furtivo
de dioses subrepticios.
Me siento transfigurado, transcendido,
en chispa ingrávida, abstracta,
sublimada hacia orbes más profundas,
en eternidades soñadas por centurias
fenecidas en sueños de profetas
y diálogos de fantasmas sin contorno.
Y aun arde la noche en mis pupilas.
Pasan sombras de dominaciones,
serafines enjoyados de llamas,
besando el rigor del mediodía,
perdiéndose en la vorágine de luz.
El cielo es trono de eternidad cristalizada.
Miramos, ciegos de polvo y números,
sin entender la cabalidad de este milagro,
prefiriendo escribir nombres en el barro
antes de henchir la vida de llamas y gloria.
Somos el grito que muere anticipado,
el dolor petrificado del remoto Edén.
Pero somos más que un paréntesis estéril
y una carne estregada a la erosión;
somos herencia de llamas,
soles que germinan en lo abisal,
germen de dioses y de mitos,
semillas de nuevos mundos
e infinitudes en policromías beatificadas.