Quedaba a tres cuadras la escuela.
A menos de un timbre.
A un pedal de bicicleta.
La dicha era tan simple
que podías recorrerla.
La túnica lucía
su blanco incuestionable
sólo el primer día
y el último de clase.
¿Cómo se llamaba la maestra?
Rezongaba despacio.
Le traíamos madreselvas
y otras flores del patio.
Nunca supe porqué lloraba
mientras se pintaba los labios.
El recreo duraba media hora;
cuando había.
Y entender el juego
me ha llevado toda la vida.
Recuerdo la ronda de deberes.
Lápiz, goma y cuaderno.
¿Se quedan a tomar la leche?
El mundo no tenía ombligo.
El mundo era un atajo sin dueño.
Y si le preguntabas a los vecinos
se jugaba en cualquier predio.
De lo único que estoy arrepentido
es de no haber dicho quedáte,
cuando aburridos en mitad del himno
te acercarse para preguntarme
¿Te querés arreglar conmigo?
(*) En el interior de Uruguay era una pregunta equivalente a
¿querés ser mi novio/a?
A menos de un timbre.
A un pedal de bicicleta.
La dicha era tan simple
que podías recorrerla.
La túnica lucía
su blanco incuestionable
sólo el primer día
y el último de clase.
¿Cómo se llamaba la maestra?
Rezongaba despacio.
Le traíamos madreselvas
y otras flores del patio.
Nunca supe porqué lloraba
mientras se pintaba los labios.
El recreo duraba media hora;
cuando había.
Y entender el juego
me ha llevado toda la vida.
Recuerdo la ronda de deberes.
Lápiz, goma y cuaderno.
¿Se quedan a tomar la leche?
El mundo no tenía ombligo.
El mundo era un atajo sin dueño.
Y si le preguntabas a los vecinos
se jugaba en cualquier predio.
De lo único que estoy arrepentido
es de no haber dicho quedáte,
cuando aburridos en mitad del himno
te acercarse para preguntarme
¿Te querés arreglar conmigo?
(*) En el interior de Uruguay era una pregunta equivalente a
¿querés ser mi novio/a?
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